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Diario de Mallorca

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El antimonolito de sa Feixina en Málaga

Un memorial escultórico ajardinado recuerda a las víctimas civiles bombardeadas por el crucero ‘Baleares’ en 1937, cuando huían de la capital malagueña con destino a Almería hace exactamente 85 años

El antimonolito de sa Feixina en Málaga

Los defensores del monolito franquista de sa Feixina, inaugurado por el propio dictador en homenaje al crucero Baleares, suelen invocar otros ejemplos escultóricos conmemorativos del bando sublevado en la Guerra Civil. En la enumeración aparecía el conglomerado metálico con águila incluida que recuerda la batalla del Ebro, incrustado en el río a su paso por Tortosa. Se cita también la estatua consagrada en Ondarroa al mismo buque que en Palma, por lo menos hasta que fue derribada sin contemplaciones ni recursos contencioso-administrativos.

La iconografía a favor del Baleares se ha reforzado con la dedicatoria de una calle en pleno Madrid. Los defensores progresistas del monolito de sa Feixina se sentirán satisfechos al ver refrendado su homenaje por el alcalde Martínez Almeida, que utiliza la Ley de Memoria para retirar las vías dedicadas a Largo Caballero o Indalecio Prieto.

Sobre todo, sorprende que los valedores de sa Feixina, sede a cielo abierto de los actos de Vox, no reivindiquen otro monumento vinculado a la actividad del Baleares. Se asienta en el núcleo malagueño de Torre del Mar, perteneciente al municipio de Vélez-Málaga. En un entorno ajardinado al igual que el parque palmesano, un memorial recuerda a las víctimas civiles inermes bombardeadas por el crucero, junto a los barcos Canarias y Almirante Cervera del mismo tipo, cuando los ejecutados huían por carretera desde Málaga hacia Almería el 7 de febrero de 1937.

El ‘lugar de memoria’ levantado a principios de este siglo en la provincia andaluza por el artista Rogelio López-Cuenca, con mobiliario del arquitecto Santiago Cirugeda, posee unas dimensiones y pretensiones más modestas que el exhibicionismo pétreo de Francesc Roca en Palma. Al contemplarlos simultáneamente, se presenta la paradoja de que un mismo país albergue dos monumentos con pretensión diametralmente opuesta sobre un mismo acontecimiento singular.

Los recintos ajardinados en Málaga y Mallorca se convierten así en símbolos preservados de las dos Españas. El monumento de Palma conmemora desde su origen las gestas guerreras de un barco que el conjunto escultórico andaluz considera responsable de un auténtico «genocidio». En los actos allí celebrados han llegado a participar más de un centenar de supervivientes de los bombardeos del Baleares.

La huida de Málaga a Almería, después de la toma en 1937 de la primera de las ciudades citadas por las tropas del general Queipo de Llano, ha entrado en la historia con el nombre popular de La Desbandá. Frente a la difusión de alcance mundial del bombardeo de Guernika, el desplazamiento masivo es uno de los episodios más silenciados de la Guerra Civil. Los testimonios de médicos y periodistas extranjeros fueron decisivos para precisar lo ocurrido.

El memorial andaluz de La Desbandá se sitúa bajo el lema de «Málaga 1937, Nunca más», frente al «Por siempre jamás» que debería definir al indestructible monolito palmesano. Los muertos causados por los cruceros, asociados a los aviones de Mussolini, se miden en miles de personas. Aunque no existe una cifra de consenso, la estimación alcanza a unas cinco mil víctimas mortales. En el hundimiento por torpedos del Baleares un año después de la huida andaluza fallecieron unos 800 tripulantes, con cuatro centenares de supervivientes.

Además de Vélez-Málaga, numerosos enclaves andaluces han erigido recordatorios a las víctimas del buque homenajeado en Palma. Los memoriales a favor y en contra del Baleares suponen un pésimo aval para la equidistancia frente a un acontecimiento histórico, además de una equivalencia insostenible entre la muerte de soldados y civiles en los conflictos bélicos. Si se desea ahondar en la contextualización de que presume el monumento palmesano, el fantasma de las dos Españas no se ha desvanecido pero ambas pueden convivir al menos pacíficamente. Y dado que la naturaleza hermana con más fuerza que la política, en el jardín malagueño se han plantado un olivo y un almendro, porque el árbol simbólico de Mallorca florece en el mes de febrero en el que ahora se cumplen 85 años de La Desbandá.

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