Suscríbete BLACK WEEK

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Albert Herranz: «La industria local podría volver a los barrios con tecnologías como el 3D»

«Hay muchas casas vacías de propietarios extranjeros, ya que todavía no han regresado debido a la crisis y no se sabe qué pasará»

Para ver este vídeo suscríbete a Diario de Mallorca o inicia sesión si ya eres suscriptor.

¿Qué queda del arrabal?

Los vecinos de toda la vida que continúan en Santa Catalina, el recuerdo de los que ya no están, textos y fotos, historias de familias que se transmiten de generación en generación, aunque cada vez menos, y la mayor parte de casas y edificios. La esencia pervive de forma soterrada, donde el arrabal aún es como un pueblo en el que algunas familias se conocen por los malnoms y tienen relación, sobre todo las personas mayores.

¿De forma soterrada frente a la nueva «realidad inventada» de la que habla en el libro?

Santa Catalina y es Jonquet, que para mí son el mismo barrio, viven dos realidades paralelas, la cotidiana de los residentes de siempre y la creada en la última década por las inmobiliarias y las empresas de ocio. Son como el agua y el aceite, se superponen pero no se mezclan.

Si hiciese un glosario actual, ¿la mayor parte de los nombres propios serían escandinavos?

La gentrificación ha provocado que haya más vecinos del barrio viviendo fuera de él que en él, como me ocurrió a mí. Aunque no es una cuestión de nombres, de si son extranjeros o mallorquines, porque siempre ha sido un lugar cosmopolita. La sustitución de sus habitantes es por un tema de cartera, económico.

¿La crisis de la covid podría revertir la gentrificación?

Es un proceso muy difícil de parar si no hay voluntad política y consenso social, pero con la crisis nadie sabe qué ocurrirá. Ahora hay muchas viviendas vacías de propietarios extranjeros que las tienen como segunda residencia y todavía no han podido volver. También hay vecinos foráneos que se han establecido aquí y han abierto negocios, como tiendas, cafés, etc. El gran reto es que haya una relación entre los de toda la vida y los nuevos, porque al final les afectan los mismos problemas al residir en el mismo barrio.

¿No son problemas distintos?

El ruido, la suciedad, el exceso de tráfico o la escasez de servicios son problemas comunes a todos los vecinos. Ahora falta que los nuevos se integren e involucren, como ha intentado la asociación Barri Civic Santa Catalina, que está en contacto con colectivos de ingleses y escandinavos.

¿El cambio social del barrio ha traído cosas positivas?

La compra de inmuebles se ve como una agresión debido a que ha expulsado a inquilinos y ha disparado los precios, aunque los extranjeros adquieren y reforman casas porque han sabido valorar lo que tenemos, a diferencia de los mallorquines. Nos han traído una mirada nueva. Hasta entonces, los palmesanos de fuera del barrio no tenían ninguna estima por Santa Catalina ni es Jonquet, todo lo contrario, seguía la mala fama de los años 80 por la droga. Han tenido que llegar las inversiones de fuera para abrirnos los ojos. Hay gente de Ciutat que nunca había pisado esta zona hasta que se puso de moda el tardeo.

¿Por qué los cataliners no se consideraban de Palma?

En los inicios, por una razón histórica, ya que la antigua capital de estas tierras desde la época de la conquista de Mallorca hasta el siglo XIX era Andratx. Toda esta extensión era el Pariatge, es decir, lo que estaba bajo la jurisdicción del obispo de Barcelona. Luego nunca arraigó el sentimiento de pertenecer a Ciutat por diversos motivos: La muralla primero y sa Feixina después supusieron una separación física y mental de la ciudad, por lo que los cataliners buscaron solventar los problemas entre ellos, creando asociaciones, el Montepío, ayudándose, etc. Siempre vivieron de espaldas a Palma y no necesitaban salir del barrio para comprar o encontrar trabajo. Y si había que hacerlo, emigraban hacia la península o el extranjero antes que a otras zonas de Mallorca, sobre todo a Cuba, por la relación que tenía Andratx. Incluso hablaban un dialecto, pero ha desaparecido.

¿Se mantienen expresiones y dichos que cita en el libro?

Algunos entre la gente mayor, como fer cinema o més endins de l’Havana, que es como llamaban al continente americano. Incluso tenían una planta endémica, el bugiot, y un festeig particular, con una serenata y hasta caliu.

También recoge varias de las fábricas que había. Ahora que se habla del cambio de modelo productivo, ¿la industria podría volver a Santa Catalina?

Quiero ser positivo y creo que la industria cambiará su forma de producción, por lo que se podría volver a implantar en los barrios una industria local que fabricase todo tipo de productos a pequeña escala gracias a tecnologías como las impresoras 3D. Imagina una industria zapatera que emplease a cinco o seis profesionales para fabricar zapatos con las nuevas impresoras 3D. Podría estar en cualquier barrio, potenciaría la economía local y el impacto en el medio ambiente sería mínimo comparado con el modelo de las multinacionales. Pero estamos en lo de siempre, si es una utopía o no depende de nosotros.

¿Santa Catalina tenía una universidad?

Sí y se llamaba Mar i Terra. Es una broma típica de los cataliners porque antiguamente allí había una escuela a la que fueron la gran mayoría de ellos. Les gusta mucho bautizar las cosas y llamaban al actual teatro la universidad de Santa Catalina.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats