05 de agosto de 2019
05.08.2019
Patrimonio

El origen del Hostal Baleares

Magdalena González Crespí es la biznieta de los propietarios de Can Boira, la casa sobre la que se edificaría la hostería

05.08.2019 | 02:45

Gaspar Guasp y su esposa Catalina Quetglas compraron dos solares que unificaron para construir Can Boira y el almacén de baldosas, obra del arquitecto Jaume Alenyà. De ahí surgió el popular hostal que hoy va a convertirse en un hotel de semilujo. "Para mí es un final digno a la historia de la familia", agradece la pedagoga musical. El eco de las historias de la casa de la "plaza redonda" aún resuena. Pronto entrará en ella

"El final de la casa familiar, Can Boira, siempre estuvo latente en la familia. Desde pequeña escuché historias de la plaza redonda a mi bisabuela, que eran una mezcla de nostalgia y tristeza", cuenta Magdalena González Crespí. Se refiere al edificio que dio origen al Hostal Baleares, situado en la plaza de García Orell, conocida por el nombre de las columnas, en el corazón de Pere Garau, y que hoy, tras décadas cerrado, se va a convertir en hotel de cuatro estrellas.

"A mí me tranquiliza que los dueños sean personas sensibles y respetuosas que van a conservar elementos originales de la casa. Para la familia, y hablo desde el corazón, que la que fuera casa de nuestros bisabuelos y que al perderla se convirtió en un hostal para después acabar siendo un hostal de mala fama, ahora vaya a ser un hotel muy cuidado, me parece un final muy digno", confiesa con una mirada llena de emoción.

El verbo regresa al pasado. En el origen de esta vivienda de principios del XX está parte de la historia familiar de Magdalena González Crespí, una pedagoga y activista musical que, entre otra iniciativas, creó la Orquestra de Joves Intèrprets dels Països Catalans, que preside el Forum Musicae y es cofundadora del colectivo de Dones dels Països Catalans 'Baula'.


Gaspar Guasp y Catalina Quetglas.

"Mi bisabuela vivió hasta los 95 años y tuvo siempre la cabeza muy clara. Me contaba historias y yo la disfruté hasta los 14 años. ¡A esa edad, no valoré el interés que tenía todo lo que me contaba! Entre sus historias, las de mi abuela y mi madre, he ido recomponiendo la madeja. Empecé a tirar del hilo ya en 2003 porque yo nunca he entrado en el hostal; siempre lo vi cerrado. Ahora mi deseo de adentrarme por los espacios que fueron Can Boira va a cumplirse gracias a los nuevos propietarios", dice agradecida.

Incluso, los dueños de este hotel, que van a conservar el rótulo del hostal y restos de las baldosas de la fábrica de los Guasp Quetglas, los bisabuelos de Magdalena, valoran poner el nombre de Can Boira al hotel. Falta mucho aún, algo más de un año para que la transformación del edificio, firmada por los arquitectos Nacho Salas y Gabriel Sastre, concluya.

Regresemos al pasado y antes de "poner cara y ojos" a Can Boira, la pedagoga descubre el velo de la casa familiar levantada en la unión de los solares de Ca na Francina y Ca na Ferrera en 1928 y encargada al arquitecto Jaume Alenyà.

Gaspar Guasp, un emprendedor de Esporles, montó en la planta baja una fábrica de baldosas; su hija María Guasp Quetglas se casó con un militar de Santa Eugènia que trasladaron a Reus. En los veranos se trasladaban a Can Boira, a la casa de la plaza redonda hasta que aquel fatídico julio del 36, la guerra dividió a la familia: el abuelo, militar fiel a la República, le hicieron prisionero, estuvo prisionero en los campos de Argeles sur mer, y encarcelado en la Modelo.

"Mientras, mi madre y mi tía sufrían registros diarios en Can Boira porque 'tenía un yerno rojo', le decían a mi abuela. Mi madre me contó que tiraban todo al suelo, y que la plaza era un refugio. ¡Estaría muy bien recuperar la memoria histórica de este barrio, que por desconocimiento, muchos solo ven como una zona marginal y está llena de vida. ¡Si aquí vivió Mascaró Pasarius!", apunta.

La familia perdió Can Boira al no poder liquidar un pagaré y se trasladaron a la calle Fausto Morell, al lado de una preciosa casa racionalista, Can Fullana. Magdalena nacería ahí en 1960.

"Las hijas de un rojo"

Con los años, regresó el abuelo pero los franquistas estigmatizaron a los perdedores de la guerra. "Mi bisabuela, que regaló cosas a las monjas que estaban cerca, tuvo que sufrir la ingratitud de aquellas mujeres que sacaron del colegio a sus nietas [mi madre y su hermana] por ser las hijas de un rojo", relata la pedagoga musical.

La herida en la dignidad, la pérdida de la casa familiar, convertida después en el Hostal Baleares que al paso de los años se convertiría en una casa de citas de baja estofa, se cierra y pone las cosas en su sitio. Se restañan las heridas.

"Mi madre se casó con un catalán pero arrastró la nostalgia de la familia. Volvieron a Mallorca. Regresaron a Palma, a Pere Garau, a Fausto Morell. Jamás a Can Boira", apunta Magdalena. En unas semanas, su hija traspasará el dintel, aunque sea con el tul azul de un andamio de obra.


Magdalena González frente al Hostal Baleares, Can Boira. B. R.
Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

¡Síguenos en las redes!