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Palma a Palma

Tiera ubicua

Algunas verdades son tan elementales que nos cuesta tenerlas en cuenta. Por ejemplo, la ubicuidad de la tierra. Ese depósito mineral sobre el que transitamos, que se levanta cuando hace viento, que cubre capa tras capa los vestigios de otras épocas. La tierra que nos acompaña y acoge.

En verano, las lluvias de barro nos hacen tomar conciencia de ello. Sales a la calle y el coche se ha llenado de unas imprimaciones rojizas. Arena pura del desierto. Tierra que ha atravesado el mar, arrastrada por el viento, hasta caer a centenares de kilómetros como un velo turbio y extraño. Tocar esa tierra es como viajar con la imaginación a las dunas saharianas. Desplazarnos a otras geografías.

Otras veces, somos nosotros los que provocamos esas percepciones. Por ejemplo, soy fan de un bar-colmado de carretera en Sant Josep de sa Talaia (Eivissa). Allá, en Can Jordi, se reúne una parroquia bien singular. Con música de "blues" como fondo, cervezas y esa sensación de libertad que inspira la Pitiusa mayor. La última vez que estuve, hacía calor y el terreno que sirve de aparcamiento estaba lleno de tierra suelta y arenosa. Que me impregnó las ruedas y los bajos del coche. Días después, ya en Mallorca, seguía allí. Yo miraba las ruedas auroleadas con aquel depósito terrero y pensaba: "Qué extraño. ¡Tierra de Can Jordi en Palma!". Como si de esa manera se relacionasen dos mundos bien opuestos.

Algo parecido ocurre con Cabrera. Recorres los caminos que llevan del puerto al castillo, llenos de una tierra muy blanca. Y cuando vuelves a casa, después de tanto caminar, del trayecto en barca, de la carretera, dejas las botas en el suelo y están blancas. Y te dices: "¡La tierra de Cabrera en mi alcoba!". Un poco de soledad, de luz de faro, de cielo puro, de sonido a mar.

La tierra es un sustrato universal y movible. En realidad, desmiente esas ideas tan rígidas y compartimentadas que tenemos sobre el mundo. De igual modo que las cosas reales nunca son absolutas ni explicables. Siempre ubicuas, transformables. Errantes y universales, como la tierra leve que arrastra el viento.

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