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Palma a la vista

Una suite de asfalto

Ignacio y Ausra ponen su arte a ras de suelo.

Ignacio y Ausra ponen su arte a ras de suelo. L.D.

Los semáforos no solo sirven para detener o dar el paso. Del rojo al verde, unos instantes, apenas un minuto, que permite ganarse la vida a personas como Ignacio De la Llave y Ausra Kundrotaite. Él, con sus malabares, y ella, con el cello, otorgan un respiro de belleza a los conductores a cambio de unas monedas a voluntad. A días, no les da ni para aquel famoso cortado de Zapatero; otros alcanzan una paga un poco, solo un poco, por encima del salario mínimo interprofesional.

"Yo ahora no tengo trabajo. Soy diseñador; y ella es estudiante. Hacemos esto porque a veces es necesario suplementar", señala en un alto de su número circense Ignacio. Él es de Madrid y ella de Lituania. Viven en Palma.

"No es el primer lugar en el que lo hemos hecho. También hemos estado en Barcelona y Londres", cuenta él mientras Ausra afina el cello. Se prepara para una pieza de Beethoven, aunque suele alternar "fragmentos de música más clásica, reconocida, con otros más populares", comenta él.

Ellos no son los únicos que al hilo del verano y de que Palma se convierte en una alternativa al turismo de playa, el do re mi llega a los cruces de calles, a las avenidas más transitadas. En lugar de bocinazos, vamos a escuchar cómo suena el arco sobre las cuerdas. A toda velocidad. En el tiempo que dura el cambio de color.

La respuesta de los conductores, así lo cuenta al menos el diseñador madrileño, es "muy buena". Tanto que "hay quien nos aplaude". Otros le lanzan una sonrisa. Si estuviésemos en un vídeo clip, no sería extraño ver cómo de los automóviles saltan los conductores poseídos por el sonido de una suite de Bach o por el pizpireto vals. En la carretera de Valldemosa en su encuentro con Miguel Arcas no ha llegado el extasis.

"Elegimos zonas donde hay mucho tráfico; y ésta está muy bien. Además es agradable", señala Ignacio de la Llave. Y un detalle importante: "Vivimos cerca", cuenta. Ausra apenas habla. Se concentra. Unos segundos le bastan.

Quizá amanse a las fieras pero la música sí consigue que los conductores dejen en paz el teléfono móvil, se alivien de la carga de seguir la dictadura del chat del smartphone, y de una vez por todas levanten la vista., miren más allá de esa pequeña pantalla hipnótica y tirana. Otros, incluso asomarán la cabeza por la ventanilla para escuchar como la joven estudiante lituana se aplica sobre un arpegio que hace vibrar hasta el asfalto que pisa.

En la jungla de los urogallos de cuatro ruedas, en el coro de los retóricos loros, será difícil dejar entrar al cello de Ausra. No importa, ella lo asienta sobre su rodilla izquierda con una delicada inclinación mientras su compañero de escena levanta una vara metálica al cielo. Quizá de él surja un pájaro.

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