Uno no se considera precisamente un Beau Brummell. Ni mucho menos un árbitro de la elegancia, como Petronio. Pero el hecho de ir vestido de cualquier manera no significa que no añores cada vez más a los sastres de siempre.

En mi infancia, las sastrerías eran unos establecimientos muy solemnes. Allí estaba el sastre, con la cinta métrica al cuello y el almohadillón lleno de agujas para corregir las sisas. Trazaba sobre los fragmentos de tela unas enigmáticas marcas de tiza. Y se producía el milagro de que aquellas informes piezas acababan convertidas en trajes de auténtico señor.

Recuerdo los probadores, los expositores de telas, las fotos de modelos exclusivos, y sobre todo aquellos maniquíes de medio cuerpo sobre los que colgaban chaquetas a medio hacer, abrigos, levitas...

La generación de mi padre iba al sastre. Era la misma que se ponía tirantes, y sujetaba los calcetines con unas incomodísimas ligas. El vestir bien significaba todo un arte y un esfuerzo. Bien distinto a lo que después fue el "prêt-à-porter" y actualmente la moda franquiciera. Donde uno entra en una tienda y sale con la prenda puesta.

Recuerdo sobre todo la mirada reflexiva y profunda de los sastres. Cuando entraba un cliente, lo examinaban de arriba a abajo. Se diría que estudiaban sus proporciones, las posibles irregularidades y tiranteces. Siempre serios y circunspectos. Como los dueños de funeraria del Far-West.

Incluso cuando el cliente se probaba finalmente su obra de arte frente al espejo, volteándose una y otra vez, mientras él asentía satisfecho.

Los sastres, como artesanía del vestido, han experimentado un profundo declive. Lo rápido y lo barato les han desbancado. Pero nada podrá superar aquella elegancia y severidad de tiempo griego que tuvieron sus antiguas sastrerías.