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Crónica de Antaño

Jaime II, Jaime III y el problema sucesorio

El rey de Aragón y el príncipe de Mallorca se disputaron la Corona después de que Sancho I hiciese testamento a favor del segundo

Jaime III fue finalmente el rey de Mallorca.

Jaime III fue finalmente el rey de Mallorca.

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Bartomeu Bestard

Cundo, en 1318, llegó a los oídos de Jaime II de Aragón que su primo Sancho I, rey de Mallorca, quería testar a favor de su sobrino, el príncipe Jaime de Mallorca -hijo de su hermano Ferrando-, quedó contrariado. El rey aragonés consideraba que tras la muerte del rey de Mallorca, al no tener sucesión, la corona de Mallorca debería reincorporarse a la de Aragón. Enseguida reaccionó y le pidió a su primo Sancho que aplazase la redacción del testamento, pues antes debían hablar sobre el tema. Ahora el contrariado fue Sancho I, el cual le contestó que redactaría el testamento según le dictaba su conciencia. A inicios de 1319, el rey de Mallorca, en Perpinyà, firmó un documento en virtud del cual declaraba heredero de su Corona al príncipe Jaime, lo que provocó la ruptura de relaciones entre los dos reyes. Además, Sancho I, enojado, se negó a comparecer ante las Cortes de Cataluña para rendir homenaje a Jaime II de Aragón. En este punto, la guerra parecía inevitable.

Fue la rápida intervención del Papa y de la reina de Nápoles, Sancha -hermana de Sancho I-, lo que permitió calmar un poco los ánimos. Juan XXII eligió al infante Felipe -también hermano del rey de Mallorca- para que intercediese en el conflicto, pues éste gozaba del respeto de su primo Jaime II de Aragón. Felipe, desde París, lugar donde solía residir por aquella época, escribió al rey aragonés una carta político-mística en la que le conminaba a no preocuparse de la herencia terrenal en detrimento de la herencia realmente importante: la eterna. "¿Cómo predicar la paz a los demás cuando nosotros mismos estamos atormentados? -le exhortaba-. Es necesario un pacto entre los dos reyes ante Dios". Luego continuaba su carta con una advertencia sobre los horrores de la guerra y las calamidades, no sólo del rey vencido, sino sobre todo del rey vencedor, el cual podría acabar recibiendo los tormentos eternos del Infierno.

Fuesen las advertencias de su místico primo, fuese la presión exterior, lo cierto es que Jaime II decidió retomar las relaciones diplomáticas con su primo el rey de Mallorca. En 1321 se consiguió un pacto entre las dos coronas. Sancho haría homenaje al rey de Aragón y le ayudaría en la guerra en la isla de Cerdeña y, a cambio Jaime II, dejaría a un lado el tema sucesorio.

La situación volvió a cambiar repentinamente con la muerte de Sancho I de Mallorca, acaecida el 4 de septiembre de 1324. Como era de esperar, el monarca mallorquín no tuvo descendencia, aunque sí había firmado un último testamento (1322) en el cual dejaba muy claro que el trono de Mallorca correspondía a su sobrino Jaime. Un mes antes de morir, Sancho I estableció que un consejo de regencia debería gobernar el reino durante la minoría de edad del futuro Jaime III, el cual estaría formado por dos prohombres de Mallorca, dos de Perpinyà y uno de la Cerdanya.

El 11 de septiembre, el jovencísimo Jaime -tenía nueve años- escribió una carta al rey de Aragón en la que le comunicaba la muerte de su tío Sancho. En esa carta, Jaime ya se intituló "rey de Mallorca". En tan solo unos días, el 16 de septiembre, el de Aragón le contestó para darle el pésame, pero no se dirigió al joven como rey, sino simplemente como "ínclito sobrino mío Jaime, hijo del ínclito infante Ferrando, de buena memoria". La cuestión sucesoria volvía a estar sobre la mesa.

Por esas mismas fechas, Jaime II envió una circular a todas las autoridades de sus reinos en la que dejaba bien claro que él, y no otro, era el legítimo rey de Mallorca. Al mismo tiempo envió a su consejero Bernat de Fenollet a Perpinyà para defender su postura ante el consejo de regencia. Fenollet no tardó mucho en darse cuenta que tanto la Cerdanya, como el Rosselló, como Mallorca, como Montpeller -es decir la totalidad de la Corona de Mallorca- eran leales a Jaime III. Las advertencias intimidatorias del rey de Aragón fueron inútiles, por lo que Jaime II decidió utilizar la fuerza. Envió a su primogénito, el infante Alfonso, a ocupar militarmente las tierras continentales de la corona mallorquina. Una vez más, la rápida intervención del Papa impidió la guerra abierta entre las dos coronas.

De esta manera, volvieron a entablarse una serie de negociaciones en las que el infante Felipe fue elegido tutor y portavoz del joven monarca mallorquín. Una delegación de ambos reinos se congregó en Zaragoza. También asistieron juristas especialistas en temas sucesorios, entre ellos el obispo de Comenge, Carlino de Cremona, de la Curia Romana o el sabio doctor en leyes Joan d'Acquablanca. Todos ellos fallaron a favor de los derechos de Jaime III, pues el testamento de Jaime I, base de la discusión, era muy claro: mientras existiese cualquier descendiente varón por línea agnaticia de la dinastía mallorquina, la Casa real de Mallorca tendría derecho a portar el cetro de Mallorca.

Frente a tal evidencia, el rey de Aragón tuvo que retirar sus pretensiones, aunque con la condición de que se aceptase el matrimonio entre Jaime III y su nieta Constanza.

El Papa quedó muy satisfecho de la actuación de Felipe en las negociaciones y le elogió por carta tildándole de "hombre sensato y santo". Pero la problemática de la sucesión no estaba del todo cerrada. Al contrario, durante las discusiones y negociaciones entre las coronas, la nobleza mallorquina, especialmente la del Rosselló, aprovechó para reivindicar derechos señoriales, al mismo tiempo que empezaron a desprestigiar a Felipe con la intención de destituirle y ocupar su preciado cargo de tutor. No hay que olvidar que al infante mallorquín se le consideraba más cercano a la órbita francesa que a la catalano-mallorquina. Primo de los reyes galos Felipe el Bello y medio tío de Carlos el Hermoso, tenía una buena parte de sus intereses y prebendas en Francia. Por tanto, era lógico que levantase no pocos recelos entre los notables y las ciudades de la Corona, especialmente entre los territorios fronterizos con Francia.

Por ello, cuando Felipe se trasladó a Perpinyà, se encontró con una fuerte conspiración encabezada por Gastó, conde de Foix. Tanto los nobles del reino -Dalmau de Banyuls, Dalmau de Castellnou, Bernat de So, Pere de Bellcastell, Hug de Cardona- como la jerarquía eclesiástica -el abad de Sant Miquel de Cuixà, el arcediano de la Cerdanya en la iglesia Urgell)-, además de las villas de Perpinyà, Mallorca, Cotlliure o Conflent, proclamaron su hostilidad. La Cerdanya se mantuvo fiel. A pesar de los intentos que hizo Felipe por reconducir la situación, lo cierto es que el malestar y la inquina contra él iba a más, especialmente en el condado del Rosselló. Ante esta situación, Felipe, reclamado por Juan XXII, se trasladó a Aviñón.

La ausencia de Felipe fue aprovechada por el taimado noble Gastó de Foix, el cual pactó una alianza con un manipulado Jaime III, todavía un niño. De esta manera, el conde de Foix invadió enseguida la Cerdanya. El Papa, muy bien informado, advirtió a Gastó de Foix de la nulidad del pacto acordado con Jaime III. Además, Juan XXII sellaba su alianza con Jaime II de Aragón otorgándole la anhelada bula (por parentesco de los prometidos) que permitiría el matrimonio entre Jaime III y Constanza de Aragón. Al mismo tiempo, Felipe solicitaba ayuda a su pariente y amigo, el rey de Francia, Carlos el Hermoso, que enseguida envió en su auxilio un pequeño ejército capitaneado por los senescales de Beaucaire, Carcassona y Tolosa de Languedoc.

Durante el mes de febrero de 1326, las tropas de Jaime II de Aragón, capitaneadas por Ot de Montcada, recuperaron Perpinyà de las manos rebeldes. Días más tarde, el príncipe Alfonso de Aragón entraba en dicha ciudad acompañado de más de quinientos caballeros. Allí también se trasladó Felipe, que tomó, como tutor de Jaime III, definitivamente las riendas del Reino. De esta manera terminó el conflicto sucesorio entre las dos Coronas hermanas.

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