07 de diciembre de 2013
07.12.2013
Palma a la vista

El baile ´azul´ de Casa Oliver

En este edificio catalogado, hoy en restauración y probable venta, se ha escrito una página de la historia del turismo de la ciudad

07.12.2013 | 06:30
Dos de las hijas de José María Oliver, Paula (izquierda) y Cristina ( a la derecha) muestran uno de los carteles que lucían en el zaguán del patio de la casa señorial.
En la calle Capuchinas, una tela azul vela la cara de un edificio desde el que se ha escrito una importante página de la historia del turismo de Palma: Casa Oliver. Esta casa señorial perteneció a la familia Dameto hasta que una de sus integrantes se casó con el pintor John O´Neille, un irlandés que se chifló de la mallorquina y de la isla. Ahí están sus pinturas para atestiguarlo. En los años 40, Paula Juan Mulet adquirió la casa. Sería uno de sus cinco hijos, José María, quien continuaría con el negocio familiar que hizo de parte de la casa, centro neurálgico del turismo de ciudad. Los suecos le fueron afines. Hace ya cuarenta años.

El hijo de Paula y José Oliver Torres se hizo cargo del negocio hasta 1990, cuando fue vendida la casa y se liquidó el negocio. Los números no salieron. Un sueco se hizo con ella con la intención de convertirla en hotel de lujo. Se volvió a vender y así hasta ahora, en manos de una empresa catalana. Hoy el velo azul revela poco de lo que fue.

Paula Oliver López Guarch, segunda hija de José María Oliver y Amparo López Guarch, está convencida que el legado puede reconvertirse si un inversor audaz apuesta por ella. Situada en el corazón de Canavall, muy cerca del convento de las Capuchinas y a tiro de piedra de la Rambla y el Born, es un filón. Ideas no faltan. Ella, junto a su hermana Cristina, ambas son historiadoras, están recopilando material sobre parte de su tejido vital. "Las mayores, Amparo y yo aprendimos boleros con Miguel Alorda; recueokrdo cómo nuestro padre iba con el grupo de ball de bot de la Agrupación Folklórica Casa Oliver a los cruceros y al aeropuerto; si alguna vez falló alguna bailadora, las sustituimos Amparo y yo", cuenta riendo Paula.

Los turistas llegaban a aquel portal enorme del casal en Capuchinas y tras pagar su entrada, pasaban a una sala donde se les ofrecían bebidas típicas de la isla –no faltaba el palo con sifón–, y observaban la enorme colección de botellines que el propietario tenía, y que aún hoy guardan sus hijas en una casa de Maria de la Salud. Eran miniaturas de licores que las destilerías Morey vendían en Casa Oliver.

En el zaguán, bajo las bóvedas soportadas por los arcos de medio punto, se bailaba en copeo, copeo y otras tonadas. Entre los bailarines, el peluquero, Francisco, y Pep Rotger, propietario de la vecina Bodega Bellver, que tocaba la xeremia y la corda.

"Nuestro padre fue un adelantado a su tiempo. Fue pionero en la historia del turismo en Palma", opina su hija Paula. Atesoran papeles, tarjetas de visita, anuncios, folletos, pero quieren saber más. Han creado en facebook una página, Can Oliver Recuerdos, buscando rastros del legado de su padre.

Casa Oliver fue incluida en la excursión Palma de Noche, que agrupó a los ´grandes´ foros turísticos de los setenta como Son Gual, Son Amar, Tagomago, Barbarela y otros. La casa de discos Belter grabó singles y L.P.´s en los que se incluían estos escenarios. Cantaron Los Valldemossa, Los Mismos, Los Tres Sudamericanos y por supuesto El Parado y otros se bailaron en Casa Oliver.

No faltaron visitantes ilustres como la actriz italiana Gina Lollobrigida y el asiduo a Mallorca el actor Peter Ustinov.

Si algo enorgullece a las hijas, y aquí quien narra es Cristina, es la labor que su padre desarrolló con una asociación belga de discapacitados. "En 1962, le pidieron a la mi padre que la Agrupación Folklórica actuara en los apartamentos Verde Mar en Santa Ponça porque venían más de un centenar de pacientes del Centro Reina Fabiola. A partir de aquí, mi padre se dedicó a organizarles excursiones y otras visitas durante la semana que visitaban la isla". Por todo ello, Bélgica le otorgó en 1992 la Orden de la Corona.

En Capuchinas se dejó de bailar en los 90 pero quién no dice que tras el velo azul, no surjan nuevos bailes.

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