El 1 de noviembre es el día dedicado a honrar la memoria de los difuntos. En tal fecha, los cementerios dejan de ser esos paisajes desiertos que vemos habitualmente para convertirse en una auténtica ciudad. Las avenidas, los senderos, las plazas, se llenan de gente contemplativa. Cargada con flores. Curiosos, grupos de conocidos. Es una alegría inusual y que dura bien poco. Al día siguiente, todo adquiere de nuevo un carácter melancólico y marchito. La vivacidad de la jornada anterior se apaga repentinamente. No así algunas de las velas, que siguen ardiendo en la noche desierta del post Tots Sants. Como una evidencia póstuma de las visitaciones.

Para mucha gente, es el único momento del año en que transitan por el cementerio. En la mayor parte sin hacerse demasiadas preguntas. He escuchado muchas veces esta frase: "Meam, deixa les flors a la padrina i marxem. Em posa malalta aquest lloc". Otros, sin embargo, pasean y curiosean.

Un hecho casi desconocido es dónde se encuentra la tumba número del cementerio de Palma. No creo que muchos se lo hayan planteado, pero no deja de ser un enigma atractivo. Por más que la busquen en la zona más antigua, que es el cuadro 1 (al lado del Institut de Medicina Legal) no la encontrarán.

La razón es que, originariamente, donde ahora se encuentra dicho edificio se hallaba el primer oratorio, hoy desaparecido. Y justo frente a la entrada, en un lugar de privilegio, se encontraba la sepultura número 1. Correspondía como titular al señor Vicenç Nicolau.

Desgraciadamente, cuando se derribó el viejo oratorio para levantar lo que fueron primero oficinas de la funeraria y hoy Institut de Medicina Legal, se trasladaron varias tumbas situadas en aquella zona. Concretamente las correspondientes del 1 al 11.

Eso explica que cuando se penetra por la puerta del Camí de l'Ardiaca, el número más bajo con el que te encuentras es el número 12.

El cementerio, esa otra ciudad, sigue en la sombra. Y eso que es un libro paralelo a la historia de la ciudad.