Sa torreta
De la paloma a la Plaza de ses Columnes

Las columnas estuvieron en peligro. La Paloma se esfumó.
Joan Riera
La plaza Francesc Garcia i Orell estuvo a punto de dejar de ser la de las columnas. El proyecto para construir un aparcamiento subterráneo preveía la eliminación de la pérgola circular sostenida sobre columnas dobles. Admitámoslo, no es comparable con la columnata de Bernini, pero los grandes conjuntos ciudadanos se construyen a partir de los pequeños detalles que forman el escenario sobre el que destacan los grandes monumentos. Afortunadamente, la movilización popular impidió que el Ayuntamiento dinamitara un elemento diferenciador del barrio.
Si el sentido común no se hubiera impuesto, el barrio de La Paloma estaría huérfano de su punto de referencia más característico. Por cierto, que hoy casi nadie conoce el enclave con este nombre: La Paloma. Se suele meter en el mismo saco que Pere Garau o, si se pretende ser más concreto, se apuesta directamente por plaza de ses Columnes.
El origen de la urbanización hay que buscarlo en el derribo de las murallas y el posterior diseño del Eixample de Palma a partir del Plan Calvet. Sin embargo, casi medio siglo antes, en 1851, se creó allí un negocio de elaboración de licores. El fundador se llamaba Juan Suau Bennàssar. Era una capitán de navío que durante sus travesías por el Caribe había aprendido los secretos de la elaboración de bebidas espirituosas. Con el tiempo, se casó en Mallorca, quedó varado en tierra, abrió el nuevo negocio y de sus alambiques salió el preciado coñac Suau, que aun en nuestros días se pide por su apellido.
Sin embargo, en los primeros años de la andadura empresarial la bebida más celebrada entre los palmesanos, y algunas fuentes aseguran que incluso entre clientes famosos como el mismísimo Pancho Villa, era el Anís La Paloma. La marca dio nombre al barrio, aunque con el paso de los años ha caído en desuso. Si se hubiesen completado los planes municipales también se hubiera perdido la emblemática plaza en la que Gaspar Bennàssar experimentó con el hormigón armado. Es el sino de las ciudades y de la vida: unos sobreviven y otros desaparecen.
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