Palma a la vista
Ciudad de bolsas
Calles donde los transeúntes portan sus vidas ´de rebajas´ en una bolsa de grandes almacenes. Paradojas en tiempos de liquidación
Lourdes Durán
Alguien contaba, espantado, que otro, no menos asombrado, paseaba por Palma cargado de bolsas y que cuando miró más allá de sus compras de regalos navideños comprobó que los paseantes no se le parecían. Iban con sus manos vacías. En el siglo XXI ir libre significa no asir ninguna bolsa de marca de establecimiento reconocido porque somos hijos, o nietos ya, del consumo siglo XX. La ciudad como gran almacén.
Lo contaba pasmado porque "ninguna otra Navidad había visto tanta gente sin bolsas". De la compra, claro. Si abrimos bien los ojos, comprobamos que somos correos ambulantes de la publicidad, portamos, sin que nos den a cambio nada, lemas, eslóganes, diseños, marcas de empresa. Llegamos a tal extremo que todos, absolutamente todos, somos uno con nuestro botín. Para algunos su vida cabe apenas en una bolsa de El Corte Inglés.
El paroxismo de ser persona atillo lo vi en Budapest. Un hombre sin cabeza arrastraba bolsas y bolsas, como esos clochards que de las orillas del Sena se convirtieron en postal junto a los bouquinistes, y que también pululan por Palma. En los bancos del Born, en los soportales del Paseo Mallorca, en lo más granado de la ciudad, el ying y el yang del ser o no ser. El hombre de Budapest cruzaba el Danubio con el cuello de su vieja burberry alzado, de tal manera, que no había cabeza, como esos artistas circenses de calle, los de la plaza Major, que andan descabezados a cambio de unos euros. En la misma zona una mujer también ha ido ¿de compras? Su aliño no es de quien pasea la ciudad para ir en busca de gangas. Su vida es probable que sea de rebajas.
El fotógrafo Martin Parr se ha especializado en retratar la cara más irónica del turismo de masas. Ahí también se nos ve a todos cuando compramos en París una torre Eiffel en miniatura o en el bazar de Instambul nos llevamos una alfombra que nos aseguran es del Kurdistán. Su ojo ha entendido que la vida post industrial es que somos carne de souvenir. Él ha puesto la casquería a la literatura de Proust pero ambos hablan de lo mismo: de la futilidad del tiempo. Por eso, mejor ir ligeros de equipaje, con una bolsa. Da igual que sea de marca. Como esos Ulises desterrados que visten un chándal comprado en el top manta de Sant Miquel y que está grafiado con las iniciales cK. O como esas mujeres que arrastran en un carro de la compra los restos del supermecado de la esquina. Escenas de cualquier ciudad de Europa.
Hubo un tiempo en esta ciudad en que los pobres se podían contar con los dedos de una mano. Tenían incluso nombre y apellidos. Como los tenían algunos personajes pintureros de Palma, Bel Rollet por ejemplo. ¿A quién podemos llamarlo por su nombre hoy, a esas personas que arrastran bolsas cargadas de vida de rebajas?
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