Es un placer asomarse a la portería del convento de Santa Magdalena para adquirir algunos de los postres artesanales que venden las monjas. Bizcocho de plátano o de limón, magdalenas, trufas, galletas de canela, coca de patata, delicias de coco, panellets, nevaditos, almendritos... delicias no aptas para diabéticos. Se toca el timbre -aquí la campanilla de toda la vida ha quedado desplazada por la modernidad- y a través del torno una amable monja dispone la comanda. Dulces elaborados en las horas de labor que han alternado con las de oración.

Los orígenes del convento se remontan a principios del siglo XIV cuando cerca de antiguo cauce de sa Riera se instaló un grupo de monjas de las llamadas "de penitencia", según cuentan Pere Xamena y Francesc Riera en su Història de l´església de Mallorca. A mediados del mismo siglo, la comunidad adoptó la regla de San Pere y posteriormente la de San Agustín. En sus inmediaciones existió un hospital del mismo nombre, que desapareció cuando la media docena de centros sanitarios palmesanos se unificaron en el Hospital General.

La fama le llegó al convento con el ingreso en 1552 de la más célebre de sus monjas: Santa Catalina Thomàs, cuyo cuerpo incorrupto sigue venerándose en una de las capillas del templo. El cardenal Antoni Despuig, devoto de la santa de Valldemossa, fue un gran benefactor del convento.

El aspecto actual del conjunto religioso y la apertura de la plaza del mismo nombre son el fruto de una reforma iniciada en 1741. Entonces se cortó calle de Sant Jaume, que en aquella época llegaba hasta la Rambla, y se esponjó el espacio frente a la fachada del templo.

Entrar en la portería en busca de unos dulces es asomarse a la interesante historia del convento, pero también supone respirar unos átomos de la paz que aún rodea estos cenobios de clausura insertos en la vorágine ciudadana. Si todo lo bueno es pecado, saborear sus dulces probablemente es una mancha grave, pero hay días en que resulta imposible resistir la tentación.