Hasta no hace mucho tiempo, la banda sonora de nuestras calles era única. Los coches, la gente, los ruidos. Pero con la invención de los reproductores portátiles, el aserto ha dejado de ser real. Uno va por la calle y se cruza con infinidad de personas conectadas a los auriculares. Cada una de ellas, con su propia música. Sumida en su peculiar ensueño. A veces muy lejos de la realidad.

Ese esfuerzo por huir de los sonidos cotidianos ha de tener alguna significación profunda. La más elemental, sin duda, es el rechazo a nuestra atmósfera sonora. Aunque a veces, paseando por el campo o el bosque también te cruzas con corredores o caminantes conectados a su mp3. ¿Cómo explicar que prefieran su carpeta de música al canto de los pájaros, el rumor de las hojas, o los silbidos del viento?

Eso nos lleva a una segunda hipótesis. Lo que se busca masivamente son contenidos interiores. Imaginaciones o escenarios psíquicos.

Tal vez, nuestra época ha terminado por alejar al hombre de las fuentes tradicionales de pensamiento o reflexión. Y ya no basta con admirar el cielo, las nubes, las siluetas del horizonte. Sino que, por influencia de tantas y tantas películas, si las imágenes no tienen banda sonora, apenas nos dicen nada.

Según esta teoría, toda la gente que camina enchufada a su propia música en realidad lo que busca es amplificar su percepción, darle un sentido a las cosas. Buscar las emociones por reverberación. Dependen de ese estímulo para encontrar un sentido a las imágenes.

Si pudiésemos escuchar todas las músicas que están sonando alrededor nuestro, sería una cacofonía inmensa. Habría tantas realidades como personas. O mejor dicho, como reproductores de música.

No sabría decir si es un signo de riqueza perceptiva, o de pobreza interior.