Sa Torreta
Del Port Fangós a la calle del Cerdo
Joan Riera
Uno de los casos más curiosos de corrupción de un topónimo es el del callejón que actualmente lleva el nombre de Port Fangós. Parte de la confluencia de las vías peatonales Paraires y Sant Nicolau, apenas tiene 40 metros de longitud y unos dos metros de ancho. Debe esta denominación a los tiempos en que el mar se adentraba hasta la calle Unió –se ha encontrado un ancla cerca del bar Bosch–. Pedro de Alcántara Peña supone que en esta zona y hasta el pie de la Almudaina había un barrio de pescadores. El brazo de agua que ocupaba el Born tenía algunas calas de poco calado lo que daría pie al nombre de Port Fangós. El topónimo aparece documentado en actas notariales del siglo XV y posteriores.
Sin embargo, en un momento impreciso la palabra port degenera en porc. En el nomenclátor de 1797 ya se cita el carreró del Porc Fangós. Se pasa del puerto al cerdo por la vía de la fonética confusa de dos palabras. A casi nadie debió chocarle la relación porque el pueblo suele asociar a los gorrinos con el barro. Solo queda que la autoridad ratifique el disparate, cosa que suele ocurrir con más frecuencia de la que uno pueda imaginar. Cuando en 1863 una comisión municipal revisa la toponimia ciudadana tira por la calle de enmedio y adopta el nombre de calle del Cerdo.
Josep Maria Quadrado, miembro de la comisión, tenía una obsesión: velar por el decoro de la toponimia palmesana. Suyo es el rechazo a un nombre tan tradicional como el de la calle de la Mare de Déu de la Mamella. Cerdo también debía sonar mal en los finos oídos del polígrafo, que propuso que el callejón se llamara del Gallo. Aprovechaba que antiguamente se denominó plaza del Gall al tramo de la calle de Sant Nicolau que iba desde la iglesia hasta Paraires. Al final, el mamífero se impuso al ave y durante 80 años se oficializó el nombre de calle del Cerdo.
En 1942, alguien en el Ayuntamiento recuperó el sentido común y este callejón olvidado recupera su nombre primitivo, Port Fangós, que nos recuerda que hubo un tiempo en que el mar se adentraba en el corazón de la ciudad. Donde hoy los comercios muestran vestidos de modistos internacionales, en el pasado hombres curtidos por el sol y la salina del mar preparaban sus barcas para zarpar en busca del sustento diario.
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