Palma a la vista
Los huérfanos del Niza
Son muchos los clientes de este bar que hicieron de él su rincón de tertulias
LOURDES DURÁN
Cuando se anunció el cierre del bar Niza, el pasado mes de octubre, no sólo se cerró su libro –cuarenta y ocho años de historias tras el mostrador–, sino que muchos de sus clientes habituales se sintieron huérfanos. La amplitud del establecimiento de Avenidas, sus confortables sofás y sillones, sin obviar chocolates a la taza, cafés y llonguets torrats, lo convirtieron en el pulmón de animadas tertulias. Como la que reunía a diario a Catalina Ferragut, Catalina Pons y su hermana Margarita, Maria Antonia Segura, Catalina Alou, todas ellas amigas desde los tiempos que andaban con el uniforme del colegio La Pureza. El círculo acabó ampliando su diámetro: "Nos oían reír y acabamos juntando mesas", relata Catalina Ferragut. Así fue como se sumaron a aquellas tardes de charla la pareja formada por José María y María Cruz, "más mayores que nosotros, pero muy divertidos y vitales", y la viuda de Lucas Batle. Cuando el camarero Alfonso les dijo que el Niza tenía los días contados, la decepción no pudo ser mayor. "¿Dónde iremos ahora?", se preguntaron las amigas. "Decidimos probar en el 1916, en la plaza de España", comenta.
Nueve años viajando al Niza les ha dejado una profunda huella. Como ellas, son más los aficionados a darle a la lengua en una cafetería. Palma pierde sus viejos cafés a marchas forzadas. El regentado durante casi cinco décadas por Juan Fuster y Maruja Lara echa el cierre. La asepsia de la norma –la nueva ley de arrendamientos urbanos no permite traspasar negocios de renta antigua más allá de una tercera generación, y los Fuster iban por la cuarta–, late así. Su sístole y diástole se nutre de otro oxígeno. No podrá, sin embargo, con las ganas de algunos de echarse en brazos de la charla, aunque haya que hacer maletas.
El Gran Hotel es otro rincón de encuentro de la ciudad. Cada día se encuentran en su cafetería un grupo de amigos, no menos de ocho, nunca más de doce, que hablan de lo divino y humano. Enrique Sureda no asiste cada día al encuentro de Santiago Barber, Felipe Villalonga, Antonio y Santiago Alemany, Fernando Villalonga y otros más, todos ellos nostálgicos del rey de la tertulia, el veterinario Lluís Pomar, recientemente fallecido. Llevan 12 años dándole a la lengua.
No son las únicas tertulias. Las del café Moderno, del Lírico, del Bosch persisten, son ecos de una ciudad que echa arrugas, se hace liftings, se silicona.
Los almacenes San Miguel, fundados en 1918 como reza su rótulo de madera en el que anuncia la venta de pañolería, lencería, entre otras telas, mantiene un ´se traspasa´ desde el último año y medio. Los empleados sacan los fajos de linos, cretonas, algodones. Al lado, Andrés Campins, propietario del casi centenario establecimiento, despacha billetes de avión y barco, en la agencia de viajes. Del trapo al viaje.
Hay movimiento, entran y salen en busca de alguna tela que quizá sólo en los viejos almacenes se encuentre. Hay una luz tenue, escasa, parece de la vieja Lisboa, de aquella que fue antes de ser señera de una Expo que acabó, de seguro, con negocios parecidos a los Almacenes de San Miguel y su rótulo de madera.
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