Los rederos del Moll Vell se asemejan a Las Hilanderas, de Velázquez. El cuadro que forman Juanjo, Xisco, Reyes y Juan es irreal, como de otra época, pese a estar junto a la cruda realidad del asfalto del paseo Marítimo y las prisas de los conductores. Están sentados entre redes de colores: azules, verdes, blancas, algún violeta. Parece el fondo del mar, aunque "si estás a 450 metros de profundidad no se distinguen las tonalidades, está oscuro, porque no llega la luz", explica Xisco. En el Moll Vell predominan las redes azules. "Antes se pensaba que sí se veían, por eso muchas son así", añade.

Al retornarlas a la superficie, la mayoría vuelven rotas. A partir de ahí comienza el trabajo de los rederos, una tarea sin pausa -a excepción del almuerzo-, pero tranquila, como de otra época, con un entorno muy pictórico, el de los tradicionales barcos de pesca amarrados cuando termina la jornada marítima.

"Comenzamos a las siete y, aunque paramos para comer, no sabemos a qué hora terminamos por la tarde", como indica Juanjo, uno de los cuatro rederos que ayer por la mañana ´bordaban´ los telares en la explanada que hay frente al paseo Sagrera. "Si no están muy rotas, las arreglamos en los barcos", detalla.

A veces, las redes se encuentran en tan mal estado que tardan casi una semana en volverlas a dejar sin agujeros. "Lo normal son dos o tres días". Todo depende de por dónde han llevado la red a pescar. "En verano es cuando menos tarea tenemos, porque como los pescadores buscan gamba, trabajan en un fondo más blando, fangoso, en el que no hay piedras".

Las roturas de las redes se producen principalmente al quedarse enganchadas en las zonas rocosas. Sin embargo, estas artes de pesca tienen otros ´enemigos´. "Muchas se rompen al engancharse a los contenedores que quedan en el fondo del mar, caídos de los barcos de mercancías". Reyes, otro de los rederos del Moll Vell, añade que también hay coches. "Hace un par de décadas, los vehículos de la península eran transportados a las islas en la cubierta del barco, por lo que siempre había alguno que se acababa cayendo al mar".

Hasta un avión se han encontrado en las profundidades. No es lo habitual, desde luego. Pero sí que la red se rompa a causa del propio fango. "También puede hacer daño, porque pesa mucho", dice Juanjo.

Las redes de arrastre son las únicas que reparan. Cuentan que "si se caen al mar, porque a los pescadores se les suelta, se quedan en el fondo, por lo que no siguen atrapando peces", según Reyes.

En cambio, "las redes de deriva son más peligrosas y por eso están prohibidas en España, aunque en Francia no", añaden tras debatir qué países europeos tienen una ley al respecto y cuáles no.

La distendida conversación gira poco después sobre el oficio y sobre cómo lo aprendieron. Juan es la cuarta generación de rederos en su familia. "Normalmente, se aprende de padres a hijos. Te meten en el mundillo de la pesca y al principio no cobras, ya que todo es aprendizaje. Ahora estoy estudiando para el título de patrón polivalente y no enseñan nada de redes", tal como cuenta.

Cuando Reyes iba a clases de pesca, tampoco le enseñaron. "Hay libros sobre vocabulario náutico, pero muy poca cosa de redes", destaca mientras se come el bocadillo del almuerzo.

"El oficio se está perdiendo", lamenta Xisco. En la cofradía de Palma hay una decena de rederos y en la de Sóller, por ejemplo, cuatro. "Antiguamente, hace unos 30 años, se necesitaban dos rederos por cada barco. Ahora con uno basta y sobra, debido a que las redes son de plástico y se rompen menos. Antes estaban hechas de materiales vegetales, que se desgastaban fácilmente", explica Xisco, que conoció el cambio de un material al actual, sintético.

Tienen diferentes tamaños y tipos de malla, que "dependen de la potencia del barco, del fondo marino y lo que se quiere pescar", detalla Juan. Por ejemplo, "si el pesquero es de 480 caballos se necesitan unos 75 u 80 metros de red. A partir de ahí vas sumando".

En cuanto a las mallas, "las hay claras (grandes) y ciegas (pequeñas) -explica Juanjo-; se venden por kilos y nosotros las cortamos y ensamblamos dependiendo de lo que necesite cada barco", concluye.

Los turistas son lo único que molesta a los rederos. Juanjo, Xisco, Reyes y Juan forman parte del álbum de los recuerdos de muchos visitantes. "Si pusiésemos una gorra para que echasen una moneda por cada foto...", plantea Reyes. Le fastidia mucho que le retraten sin pedirle permiso. "Incluso a veces se esconden", añade. Por formar parte de un paisaje tan pintoresco, pasarán a la ´posteridad´, como si de un cuadro se tratase.