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¿Hombres o ideas?

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Daniel Perelló Matheu

Binissalem

Lluís Ramis de Ayreflor, históricamente vinculado al Partido Popular, concluía recientemente en estas páginas que «la superioridad moral de la izquierda fue y es un mito». Los casos que expone permiten sostener que pertenecer a un partido de izquierdas no convierte a nadie, por ese solo hecho, en mejor persona.

Ramis parte de determinados dirigentes socialistas, pasa de ellos al PSOE y termina hablando de «la izquierda» casi sin solución de continuidad. Los casos citados desacreditan a sus protagonistas y pueden extender sus efectos políticos al partido o al Gobierno. Lo que no hacen por sí solos es refutar los principios que aquellos dicen representar.

Norberto Bobbio situó en Derecha e izquierda (1994) el criterio principal de distinción entre ambas en su diferente actitud ante el ideal de igualdad. No porque la izquierda niegue las diferencias ni porque la derecha defienda cualquier desigualdad, sino porque valoran de modo distinto cuáles son legítimas o inevitables, cuáles deberían corregirse y de qué manera. Bobbio distinguía, además, este criterio del eje libertad-autoridad, presente en ambas tradiciones políticas.

Ramis acierta al reclamar mayor exigencia en la selección y el control de quienes ejercen el poder. Pero esa es una conclusión sobre los gobernantes, no sobre las ideas que dicen representar.

Ortega escribió en ¿Hombres o ideas? (1908) que «las ideas políticas son antes que los hombres políticos» y que una idea fuerte puede estar «administrada por hombres débiles y modestos». En aquel mismo intercambio con Maeztu reprochaba también la cómoda tentación de atribuir al adversario una opinión simplificada para darse después el placer de refutarla.

El reduccionismo no solo representa mal al contrario: también acaba diciendo algo de quien necesita representarlo así para vencerlo.

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