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Cartas de los lectores

Carta a mi padre, un año después

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Carolina Vázquez

El 9 de julio se cumple un año desde que falleció mi padre, Manuel Vázquez Cotarelo.

Si tuviera que definirlo con una sola frase, diría que era el hombre que mantenía unida a nuestra familia.

No había nada que le hiciera más feliz que reunirnos a todos alrededor de una mesa. Buscaba cualquier excusa para que estuviéramos juntos, porque para él la familia era lo primero. Pero su forma de querer no terminaba ahí. También encontraba tiempo para cada uno de nosotros. Llamaba por teléfono a sus hijos para preguntar cómo iba aquello que sabía que nos preocupaba. Se interesaba de verdad, escuchaba y siempre intentaba ayudar. Con sus nietos hacía exactamente lo mismo. Les dedicaba tiempo, les compraba sus cromos, compartía sus ilusiones y hacía suyos sus sueños.

Personalmente, con mi hija mayor, Noa, que era su “nieta la escritora”, como le llamaba él, tenía un vínculo muy fuerte. Ella le contaba todos los cotilleos del cole y todos sus “ligues” (así les llamaba él). Y, con mi hija pequeña, Martina, había empezado uno de esos proyectos que solo un abuelo puede convertir en algo inolvidable. Los dos estaban ahorrando para hacer juntos un viaje a Cádiz, una ciudad muy especial para él porque había vivido allí y guardaba un enorme cariño por ella. Mi hija también tenía allí a su mejor amigo. Mi padre me enviaba fotos de un bote de cristal en el que iba guardando monedas de dos euros y billetes de cinco. Cada foto era una forma de decir: "ya queda un poco menos para nuestro viaje". Ese viaje nunca pudo hacerlo. Ahora espero que seamos toda la familia quienes hagamos ese viaje por él. Porque algunos sueños no deben quedarse sin cumplir.

Por todo ello (y mucho más) resulta tan difícil aceptar cómo fueron sus últimos días.

Podría escribir sobre el vacío que dejó en nuestra familia, y aún así me quedarían palabras por decir. Podría hablar de lo mucho que le echamos de menos mi madre, mis hermanos, sus nietos y todos los que tuvimos la suerte de compartir la vida con él. Pero, sobre todo, quiero hablar de quién era.

Mi padre no era un hombre que se quedara mirando. Era de los que ayudaban. De los que siempre estaban disponibles para echar una mano sin esperar nada a cambio. Seguía trabajando porque le gustaba sentirse útil, porque entendía la vida desde el compromiso, el esfuerzo y la generosidad. Era el pilar de nuestra familia, el refugio al que todos acudíamos cuando necesitábamos un consejo, una solución o simplemente hablar. Era el que te animaba a conseguir lo que te propusieras. Era el bromista, el que se apuntaba a cualquier plan, el que llamaba “mi Mari” a su mujer y el que se derretía dándole mimitos a su perrita Cuca. Era el que siempre estaba ahí.

Y precisamente porque era así, una persona que siempre sumaba y que no soportaba las injusticias, hoy escribo estas líneas.

Sus últimos días los pasó en el Hospital Son Espases. Llegó con la esperanza de encontrar respuestas. A nuestra familia se le informó de que se le realizarían pruebas para averiguar qué le ocurría, pero esas pruebas nunca llegaron. Le hicieron permanecer 48 horas sin comer ni beber y, finalmente, falleció sin que nosotros llegáramos a comprender qué había sucedido.

No puedo afirmar que el desenlace hubiera sido diferente. Nadie puede hacerlo. Pero sí puedo decir, con la certeza que dá haberlo vivido, que el trato humano que sentimos durante aquellos días fue profundamente doloroso. Echamos en falta información, cercanía, empatía y la sensación de que, detrás de una cama de hospital, había una persona con una historia, una familia y una vida entera construida con esfuerzo.

Después de su fallecimiento, esa sensación no hizo más que aumentar. En uno de los momentos más duros que puede atravesar una familia, encontramos una frialdad que nunca olvidaremos. Tuvimos la impresión de que mi padre era un expediente más, un número más. Pero para nosotros no lo era. Era nuestro padre, el marido de nuestra madre, el abuelo de sus nietos, el hermano, el amigo. Era una vida irrepetible.

Escribo esta carta no desde el rencor ni desde la rabia, sino desde el amor que le seguimos teniendo y desde el convencimiento de que la humanidad nunca debería perderse en la sanidad. Los conocimientos médicos son imprescindibles, pero también lo son una mirada, una explicación, una palabra amable y el respeto por la dignidad de quienes están viviendo los momentos más difíciles de su vida. Mi abuelo, el padre de mi padre, era médico, ¡qué ironía! Era un muy buen médico, muy profesional, que se implicaba en las patologías de sus pacientes y no paraba hasta averiguar qué ocurría, pero además, era cercano, empático. Supongo que por eso mi padre siempre confiaba plenamente en los médicos y en las decisiones que ellos tomaran. Y esta vez le fallaron, y de qué manera.

Mi padre siempre decía que, cuando presenciaba una injusticia, había que alzar la voz. Muchas veces hablaba de escribir una carta al periódico para que las cosas no quedaran en el olvido. Hoy esa carta la escribo yo por él.

No cambiará lo ocurrido. No nos lo devolverá. Pero quizá sirva para recordar que detrás de cada paciente hay una familia que ama, que espera y que sufre. Y que ningún profesional sanitario debería olvidar nunca que, antes que un historial clínico, hay una persona.

Papá, dondequiera que estés, espero que estés orgulloso. Seguimos echándote de menos cada día. Sigues siendo el pilar de nuestra familia, aunque ya no podamos abrazarte. Y mientras tengamos voz, intentaremos honrar la forma en la que tú entendías la vida: defendiendo lo que es justo, ayudando a los demás y no permaneciendo en silencio cuando algo duele.

Y, papá, seguiremos brindando por ti. Seguiremos abriendo una cerveza bien fría y poniendo unas patatillas Lay's sobre la mesa, como tantas veces hiciste tú antes de comer. Daríamos cualquier cosa por compartir una vez más ese momento tan sencillo, escucharte hablar y reír.

Nos enseñaste que la familia es el lugar al que siempre hay que volver, que el tiempo dedicado a los nuestros es el mejor tiempo invertido y que nunca hay que quedarse callado ante una injusticia. Ese será tu legado. Y mientras nos sigamos reuniendo alrededor de una mesa, mientras suene una llamada para preguntar cómo está alguien de la familia o un abuelo levante una cerveza (o una copa de vino) para brindar por los suyos, tú seguirás estando con nosotros.

Te queremos. Te echamos de menos cada día. Y jamás dejaremos que se olvide el nombre de Manuel Vázquez Cotarelo.

Esta carta es por ti, papá.

De tu hija “pequeña” Carolina. En nombre de toda la familia.

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