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Tecnología

IA, dignidad y ventanilla única

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Daniel Perelló Matheu

Binissalem

La coincidencia no prueba nada, pero ilumina bastante. Casi al mismo tiempo que una reciente encíclica sobre inteligencia artificial advertía de la necesidad de custodiar la dignidad humana ante el avance de la técnica, el Gobierno impulsaba su proyecto de ley sobre IA. La primera pregunta por la humanidad que queremos preservar; el segundo, por cómo regular la herramienta.

Cada época teme sus invenciones. Ocurrió con la imprenta, la maquinaria industrial, la dinamita e internet. Pero el miedo no basta. Ya en 1933 se advirtió que, en rigor, la técnica no es lo primero: antes viene el programa vital. Casi un siglo después, la pregunta vuelve con otros medios, aunque con más carga moral, si cabe: no qué puede hacer la IA, sino qué humanidad gobierna su uso.

La AEAT, la TGSS o la Inspección de Trabajo encontrarán, o han encontrado ya, en la IA una herramienta formidable para cruzar datos, priorizar inspecciones y multiplicar requerimientos. Todo ello puede ser legítimo, incluso necesario. Ese uso tendrá, sin embargo, un evidente impacto recaudatorio y probablemente asimétrico. Porque la norma en ciernes, cuentan, no absuelve al sector público, aunque sí parece, a primera vista, medirlo con otro rasero: al privado, multa; a la Administración, apercibimiento, corrección y disciplina interna.

Quizá el problema no sea que el Estado use inteligencia artificial. El problema sería que la use para observarnos, seleccionarnos o requerirnos mejor mientras se regula a sí mismo con más benevolencia que al resto. Y si estos días se ha hablado de una «brújula moral» precisamente a propósito de la IA, convendría recordar que una brújula solo sirve de algo si también señala hacia quien programa, controla y utiliza el algoritmo.

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