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Sociedad

La monetización de la espiritualidad

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Ana Rey Carricondo

Palma

En la última década la fe y la espiritualidad han pasado por un rebranding impecable. Todo aquello que busca llenar de esperanza nuestra vida, hacer que el corazón vibre y que sintamos una conexión profunda que acompañe, se ha convertido en producto y se ha colocado en el mercado como promesa de alivio justo cuando más vulnerables estamos. Y ahí es donde algo se tuerce, porque monetizar esa búsqueda en personas rotas roza la prostitución de lo más sagrado.

Creo y apoyo fervientemente la introspección personal y las comunidades que acompañan y sostienen en momentos de crisis vital, cuando caes en un pozo sin linterna, como Alicia cayendo en el vacío, viendo mil cosas pasar a su alrededor, mensajes, estímulos, promesas, todo a la vez, mientras el cuerpo se aturulla y no encuentra dónde agarrarse. Ahí no sobra el acompañamiento, al contrario, es imprescindible.

Lo primero que buscamos en esos momentos es nuestra red afectiva. El problema es que esa red está colapsada. Vivimos en el mundo de lo fast, donde nada cabe, donde todo va justo, y donde hemos interiorizado hasta acabarnos creyendo la frase «no me da la vida». Se dice tanto que ya no suena a excusa, suena a identidad compartida.

Ese vacío se convierte en un nicho de mercado muy rentable. ¿Y cómo no iba a verlo una sociedad que ha configurado su personalidad dentro de un sistema capitalista, con la promesa implícita de que todo progresa, de que viviremos trescientos años y de que absolutamente todo es vendible? Monetizarlo todo forma parte de nuestro ADN. A veces veo propuestas tan bien construidas que pienso que quien está detrás debería abrir una agencia de comunicación y dedicarse a algo menos delicado, porque el trabajo es brutal, de manual, el señor Philip Kotler estaría muy orgulloso. El problema no es la capacidad ni la maravilla del relato, es dónde se coloca.

Ahí aparece la dicotomía. Entre acompañar de verdad o vender salidas rápidas. Entre sostener procesos incómodos o convertir el dolor en mercado. Entre cuidar el vínculo o ofrecer alivio inmediato para seguir funcionando.

Y quizá la pregunta final sea esta: cuando no todo progresa adecuadamente en la vida de los demás, ¿por qué no ponerle un precio a esa salvación?

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