Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

A propósito de las uvas

Uvas de Navidad

Uvas de Navidad / KAI FOERSTERLING

Daniel Perelló Matheu

Binissalem

Se agradece una crítica que no se limita a bromear con la noche de fin de año, sino que señala algo más de fondo. No es la uva en sí. Es esa presión amable, pero real, a hacer lo que toca, para no ser el raro de la foto.

Pero cuando ya teníamos el guion aprendido (doce uvas, doce campanadas), aparece la mejora del ritual: comerlas debajo de la mesa. Importamos también esta variante, según se dice, y con su promesa correspondiente: atrae el amor. Ya no basta con masticar a contrarreloj; ahora también conviene hacerlo a cubierto. Uno entiende la lógica: si el futuro es incierto, al menos que nos pille a resguardo.

El «latazo» puede tomarse como un juego, y no pasa nada si cada cual lo vive así. El problema empieza cuando deja de ser opcional y se convierte en una pequeña prueba de pertenencia: entonces ya no es «qué hacemos», sino «qué se espera que hagamos». Conrado cita, y con acierto, a Nietzsche y su desconfianza ante el impulso gregario, para recordarnos que a veces confundimos pertenecer con elegir. En Nochevieja esa confusión se ve clara: esperamos que un gesto rápido nos ahorre lo difícil.

Sin embargo, Montaigne recordaba que la costumbre también es una forma de orden: por eso muchas tradiciones duran, porque ayudan a estar juntos. Y probablemente convenga hablar de ellas con prudencia, para distinguir cuándo celebramos y cuándo simplemente cumplimos.

Al final, quizá, lo más sensato efectivamente sea esto: el futuro no se resuelve a mordiscos, ni a escondidas. Se construye.

Y aún así, nos vemos en la cola del décimo: la coherencia también tiene horarios.

Tracking Pixel Contents