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Convivencia

Tengo derecho

Gabriel Bibiloni

Mancor de la Vall

Me ha llamado la atención una pintada entre las muchas que «embellecen» -con desigual fortuna artística y reivindicativa- las paredes de nuestras calles. Esta, en cuestión, clamaba llanamente en espray negro sobre fondo blanco: «Tengo derecho».

A primera vista, podría parecer la antesala de una reivindicación concreta que el autor no llegó a completar. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que pretenda erigir esa afirmación en una verdad absoluta y universal, como si el mero hecho de haber nacido, afortunadamente, en una sociedad civilizada bastara para otorgar derechos sin matices ni contraprestaciones.

No parece, en cualquier caso, una frase incompleta, pues la acaba rubricando con la ya manida «A» dentro de un círculo, símbolo que transforma la consigna en la pretensión de un dogma incontestable más que en una invitación a la reflexión.

Ante ello, solo deseo recordarle algo tan elemental como a menudo olvidado: todo derecho conlleva un deber. No se trata de una idea compleja ni de una imposición ideológica, sino de la base misma de la convivencia: respetar los derechos ajenos es la condición indispensable para que los propios sean reconocidos.

Y esto, querido anónimo, exige comprender que la convivencia se construye sobre un frágil equilibrio entre derechos y deberes: el deber de respetar las paredes ajenas, sean públicas o privadas, es inseparable del derecho a transitar por las calles en libertad, sin imponer a otros una reivindicación que nace vulnerando aquello mismo que pretende defender.

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