Obituario
Eduardo Jiménez: Una gran persona

Eduardo Jiménez ha muerto a la edad de 81 años.
Miquel Serra, Joan Martorell, Joan Riera, Germa Ventayol, Josep María Ramis, Xavier Bonet, Tomás Bordoy, Pepe Negrón y Javier Mato
Ha muerto el periodista Eduardo Jiménez. Era nuestro amigo. Había sido nuestro compañero, nuestro colega, nuestro guía, nuestro jefe, nuestro rival en la competencia o el jefe de comunicación de nuestras fuentes informativas. En todas las funciones que desarrolló a lo largo de su vida, Eduardo era apreciado y respetado, por sus valores, por su forma de ser, por su personalidad, por su conducta.
Eduardo era trabajador, dedicado, fiel, honesto y humilde. Sabía lo que tenía que hacer y lo hacía brillantemente. Era un redactor de calle, de los que buscaban noticias, de los que tenían fuentes, de los que no pontificaban sino que buscaban lo que no se sabía. Fue jefe, pero de los que recuerdan cómo se empieza, de los que son profesores. Cuando estuvo al frente de la comunicación de una institución pública seguía escribiendo las notas de prensa como uno más, como le imponía su austeridad y sentido de la responsabilidad.
Fue tan buen periodista haciendo prensa escrita como televisión o radio, tanto buscando la noticia como suministrándola desde un gabinete. También organizando o dirigiendo una emisora. En todos los ámbitos tenía un dominio excelente de las técnicas de trabajo y, por supuesto, ganas y empuje.
Fue un excelente jefe de prensa que pretendía honestamente que la versión de la institución que representaba fuera la correcta. Era insólitamente respetado por todo el espectro político. Solía contar que en un periodo de semanas recibió ofertas de trabajo de un partido político y de su rival, lo que explicaba hasta dónde era impecable en su hacer.
Pero nada de esto se compara con sus valores: Eduardo era buena persona. Sobre todo, persona. Eduardo ayudaba desinteresadamente a quienes le rodeaban; era generoso y paciente; era extremadamente difícil conseguir que se enfadara, incluso aunque la situación lo justificara. Se dedicaba a los demás con una intensidad que raramente se ve. Y casi siempre sin recompensa.
Eduardo no era aragonés sólo por haber nacido en esa tierra; lo era porque encarnaba lo que es habitual entre las gentes de la montaña: tenía su nobleza austera, gustaba de caminar por las alturas, era constructivo, hospitalario, parco en críticas y con una pizca de ingenuidad inhabitual en un informador.
Como todo periodista, trabajaba con ideas pero era un apasionado de los trabajos manuales. La restauración de muebles antiguos le apasionó durante años, lo que le condujo a recuperar algunos canteranos estupendos.
Cuando nació este grupo, que lleva ya más de treinta años reuniéndose, podíamos haber faltado cualquiera de nosotros, pero no Eduardo. Porque él era la quintaesencia de una época del periodismo y además era trabajador, serio, responsable, buena persona, amigo de todos, ilustrado y con buena conversación. Con él compartimos años de animadas tertulias; él nos explicaba cómo crecía su familia, qué montañas acababa de escalar, qué veía que le alegraba o que le angustiaba de este país.
Hasta que un día nos citó a manteles y nos dijo que creía que esa iba a ser la última vez que comeríamos juntos porque el diagnóstico de la enfermedad que venía arrastrando desde varios años atrás empezaba a ser preocupante. Él, que nunca hablaba de él, que había estado enfermo tanto tiempo sin lamentarse, ahora veía que iba a ser imposible continuar. Fue la última vez.
Con la muerte de Eduardo no sólo se pierde un periodista sino, sobre todo, una gran persona.
Firmado por Miquel Serra, Joan Martorell, Joan Riera, Germa Ventayol, Josep María Ramis, Xavier Bonet, Tomás Bordoy, Pepe Negrón y Javier Mato.
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