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Conmemoración

Cincuenta inviernos sin Franco: la democracia que venció al miedo

Marc Sabater Aguiló

Palma

El 20 de noviembre de 1975, moría Francisco Franco y con él se cerraba uno de los capítulos más oscuros y sanguinarios de la historia de España. Aquella fría madrugada no solo terminaba una dictadura agónica: comenzaba un proceso incierto, frágil y valiente que desembocaría, años después, en la democracia que hoy conocemos. Medio siglo después, España vuelve la vista atrás para medir lo recorrido y preguntarse qué ha hecho después de aquel proceso de transición.

La muerte de Franco supuso el fin del miedo institucionalizado. De un país silenciado y vigilado se pasó, poco a poco, a una sociedad que aprendió a hablar, a votar y a disentir. La Transición, con sus luces y sombras, fue un ejercicio de madurez colectiva: los españoles demostraron que podían reconciliarse, pactar y construir una nueva España sobre las ruinas del enfrentamiento. La ley para la Reforma Política de 18 de noviembre de 1976, las primeras elecciones democráticas después de la República, de 15 de junio de 1977, la Constitución de 1978, el regreso de los exiliados, la legalización de partidos políticos y sindicatos, y el ingreso en Europa fueron hitos de una década en la que el futuro parecía, por fin, posible.

Cincuenta años después, sin embargo, la democracia española ya no vive de la emoción de aquel breve período de la historia que supuso la transición democrática. Las generaciones que no conocieron el franquismo la dan por sentada, y muchos la miran con escepticismo, decepcionados por la corrupción, la polarización o la sensación de que la política se ha convertido en un espectáculo vacío. La crispación constante y el desprecio por el adversario han sustituido, en ocasiones, el espíritu de consenso que permitió levantar la democracia sobre el diálogo, el consenso y la generosidad.

Y pese a todo, la democracia ha resistido. Lo ha hecho frente a intentos de involución, frente al terrorismo, a la guerra sucia, a las crisis económicas y sanitarias, a los conflictos territoriales, a la erosión de la confianza pública y al resurgimiento de la de ultraderecha. España sigue siendo una democracia sólida, europea y plural, capaz de corregirse a sí misma. Pero la conmemoración de estos cincuenta años debería servir para algo más que la autocomplacencia: para renovar el contrato cívico, para volver a creer en el poder transformador de la política, y para recordar que la libertad no es irreversible.

El 20 N de 1975 no es solo el fin de una dictadura; es la demostración de que un país puede reinventarse cuando decide mirar al futuro sin miedo. Medio siglo después de la muerte del dictador, España tiene la oportunidad -y la obligación- de volver a hacerlo: de construir una democracia más justa, más inclusiva y más consciente de su fragilidad.

Porque la democracia, como la memoria, no se conserva sola: se cultiva, se defiende y se renueva cada día.

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