En este campo de España, divino reino y plena democracia, sopla actualmente una extraña brisa. Un bufo ajeno mece la mies y también agita las ramas del árbol. Una trasnochada usanza sureña, de procedencia tan lejana como Virginia, que, quizás por eso, no lo llevamos tan bien. Se nos escapa. 

Me refiero al «linchamiento». Ese expeditivo acto de ajusticiamiento, generalmente espontáneo, usado en la siniestra historia de Estados Unidos de América, y últimamente importado como instrumento político-mediático en nuestro quehacer diario. Dar por saco. 

Sí, lo del Ministro-Garzón, pongamos por caso. Un típico ejemplo de acoso y derribo. «A por el comunista». Y cuyo resultado ha sido, de momento esta vez (recuerden «el rastas», «la Isa»), un completo fiasco.

Porque, oh almas de cántaro, ¿a qué viene tanto debate? Le llamaron Ley de Lynch, pero no es bonita cosa de sala, es trapero asesinato. Por otra parte, contra la verdad no vale bulo, tampoco devaneo de cacatúa, diarrea literal u otro sí en batidora de escasez neuronal.

Y ¿por qué griegos y troyanos juntos y en el mismo asno? Delatándose mutuamente, iluminando la nocturnidad y vaciando el escarmiento.

Y ¿por qué mirar arriba? Más problema que solución. ¿Una sentencia, un enigma? «¡Un chuletón en su punto, imbatible!”» ¡Vale! y tal. 

Pero, no todo salió mal. Sonó la flauta. Hubo un aviso. Si algún día, en la esquinita de la izquierda del PSOE hay sorpasso, no habrá alternancia, sino PP-PSOE de la mano. Y ¡Viva el Rey y cierra España! Advertidos estamos.