Opinión | Tribuna
Las campanadas del 31 de agosto
Hoy no es el final de las vacaciones ni del verano. Todavía quedan algunas semanas. Pero septiembre está ahí, al otro lado de la puerta, dispuesto a poner de nuevo cada cosa en su sitio.

Las campanadas del 31 de agosto / .
Hoy debería ser Fin de Año. Deberíamos celebrar la entrada del Año Nuevo a las 00:00 horas del 1 de septiembre y despedir al año anterior con las reflexiones de lo que dejamos atrás, y con los deseos y propósitos para los siguientes 12 meses. Hoy deberían cerrar los comercios y las oficinas a las dos de la tarde, para prepararse para la gran fiesta de esta noche, con las 12 uvas de una vendimia adelantada por el calor. Y mañana debería ser festivo, porque empezar septiembre a las ocho de la mañana, después de haber estado hasta las tantas celebrando que se acabó agosto, parece una impía crueldad administrativa. Así, el día 2 sería, con toda dignidad, el primer día laborable.
Resulta que el cambio de ritmo de vida, de actividades y proyectos, o el análisis del pasado reciente, con lo bueno y lo malo, de lo viejo y lo nuevo por venir, parece que no lo marcara tanto el calendario como las pausas estacionales y los periodos vacacionales preestablecidos que, al finalizar, nos invitan a una cierta renovación. Se trata de ese extraño momento en el que empezamos a sentir que algo se termina. Se suman a este suspiro, en un ‘ay’ algo cansado: la vuelta al cole, el regreso casi odiseico al trabajo —aunque esta vez hacia un destino que, además, nos aguarda exactamente donde lo dejamos—, el regreso a las rutinas, al gimnasio, a la observación casi melancólica de las horas de luz reduciéndose poco a poco, al replanteamiento de las relaciones amorosas, amoroso-societarias o directamente societarias, al análisis de lo que se quiere o no se quiere en la vida a partir de este momento. Porque aún no es tarde. Aún hay tiempo. Digamos que el 31 de agosto puede provocar una crisis existencial sin parangón que solo se vería apaciguada por la celebración de su Nochevieja, tan vieja como todas las noches, al fin y al cabo.
Hoy no es el final de las vacaciones ni del verano. Todavía quedan algunas semanas. Pero septiembre está ahí, al otro lado de la puerta, dispuesto a poner de nuevo cada cosa en su sitio. Aunque quizás, esto esté a punto de modificarse. Corremos el riesgo de que las olas de calor se conviertan en una sola ola interminable y que no haya tregua ningún día del verano. Pronto se desdibujarán los clásicos períodos de vacaciones, esa costumbre heredada, por la eliminación de la obligatoriedad de coger el descanso entre junio y septiembre. El calor extremo que estamos viviendo y que promete repetirse, anuncia el desplazamiento de las vacaciones a otros periodos más amables con los cuerpos, a no ser que decidamos pasar nuestro verano en algún lugar del mundo en invierno austral.
«Se avecinan días calurosos», rezan los widgets de la barra de tareas de mi ordenador, mientras escribo estas líneas. ¡Ja!, como si empezara una nueva tanda después de haber finalizado otra.
Pero de momento parece que no hay debate en algo. Se acaba el verano que conocíamos y se transforma el escenario que lo acompañaba. Las playas más bonitas se masifican, encontrar aparcamiento o extender la toalla se convierten casi en un problema. Disponer de un pequeño rincón del mundo para nosotros solos empieza a pertenecer, cada vez más, a la memoria. Esto no parece algo que debiéramos celebrar en las campanadas de esta noche.
Mientras, seguimos avanzando, abocados a volver al lugar que nos sustenta, al vínculo con lo estable, a lo permanente, al año natural que solo se deja interrumpir por la fugacidad de los sueños de algunas noches de verano.
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