Opinión
Palma, uso y abuso del espacio público

Miguel Vicens
¿Por qué es conveniente para el interés público que un espacio de la ciudad de Palma de tanto carácter histórico y simbólico como el Passeig del Born sea privatizado durante más de doce horas al día por las terrazas de cuatro negocios de restauración?
Es la pregunta que el Col·lectiu Brunzit ha planteado este verano a ciudadanos y también a autoridades con sus reivindicativos y pacíficos Sopars a la llesca, que han congregado conjuntamente a unos cuatro mil ciudadanos en espacios públicos de Palma con un denominador común: todos han sido entregados a negocios turísticos de restauración y privados, en una gran parte de su superficie, a los vecinos.
¿Por la actividad económica que generan y el beneficio que obtiene el Ayuntamiento de Palma a través del abono de los cánones?, ¿por el ambiente y dinamismo que otorgan a las calles y plazas?, ¿por el servicio que prestan a la ciudadanía?, ¿por sus cuidados elementos de mobiliario exterior, respeto al patrimonio y su estricto cumplimiento de las ordenanzas municipales?
No debería existir en Palma ninguna privatización del espacio público que no respondiera a un interés general o beneficio para la colectividad, temporal o prolongadoo en el tiempo, pero siempre en revisión, porque esa alegría municipal en extender los negocios más allá de sus locales genera malestar ciudadano cuando supone un abuso o cuando crea problemas vecinales por ruido nocturno o suciedad.

Guillem Bosch
Añadiremos también que Cort, que retira carteles contra el ruido en sa Llotja y sanciona a los vecinos que justamente protestan pacíficamente, permite, en cambio, a los negocios de restauración con terraza autorizada en la calle saltarse a la torera la ordenanza de ocupación de la vía pública cada día, mirando hacia otro lado cuando, en todos los barrios de Palma, pero muy especialmente en el centro, no retiran completamente su mobiliario exterior a la hora del cierre, como ocurre en el Born, Cort, la plaza Joan Carles I, las plazas del Mercat y Weyler, la Rambla, Blanquerna, el Passeig Mallorca y también en Fàbrica, que ya precisaría de la instalación urgente de un teleférico para que los ciudadanos pudieran atravesarla sin invadir las terrazas de los bares. ¿Es justificable ese abuso en nombre del interés público o nos hace añorar cada vez más la vieja calle Fàbrica cuando no era peatonal?
Y, por cierto, ni siquiera el pasado miércoles, el día del último Sopar a la llesca en el Born, los restauradores fueron capaces de retirar de la vía pública todo el mobiliario.
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