Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | THE HEALTHCARE WE DESERVE

El conocimiento conectado

Más de 500 millones de personas en el mundo conviven con enfermedades cardiovasculares y esta sigue siendo la primera causa de muerte en España.

Más de 500 millones de personas en el mundo conviven con enfermedades cardiovasculares y esta sigue siendo la primera causa de muerte en España. / R.E.

La medicina nunca había avanzado tan deprisa. En apenas una generación profesional hemos visto aparecer la inmunoterapia, las terapias dirigidas, la medicina genómica, nuevos procedimientos cardiovasculares y una profunda transformación de la cirugía y del diagnóstico. Un médico puede ejercer durante treinta o cuarenta años y terminar practicando una medicina muy diferente de aquella que aprendió cuando comenzó.

Esto plantea una pregunta que afecta a todo el sistema sanitario: ¿cómo conseguimos que el conocimiento avance y la práctica clínica avance con él?

Publicar un descubrimiento cambia lo que sabemos. Conseguir que cambie lo que hacemos es mucho más difícil.

La investigación básica nos ayuda a comprender los mecanismos de una enfermedad; la investigación clínica estudia la salud, la enfermedad y los efectos de las intervenciones en las personas. Entre ambas, la investigación traslacional intenta construir un puente: convertir los descubrimientos científicos en nuevas formas de prevenir, diagnosticar o tratar y acortar la distancia entre el laboratorio y el paciente, siempre con la evidencia y la seguridad necesarias.

También están cambiando las herramientas para recorrer ese camino. En el Barcelona Supercomputing Center se desarrollan gemelos digitales del corazón que permiten simular los efectos de fármacos, dispositivos o tratamientos antes de aplicarlos al paciente. En paralelo, los ensayos in silico permiten estudiar intervenciones en poblaciones virtuales y pueden contribuir, en determinados estudios, a obtener evidencia con mayor rapidez y reducir el número de pacientes necesarios, sin sustituir la validación clínica.

Pero conseguir que un descubrimiento llegue al paciente tampoco completa el recorrido. El siguiente desafío es incorporarlo a la práctica cotidiana y conseguir que los profesionales aprendan a utilizarlo. Por ejemplo, la inmunoterapia —incluidas las terapias celulares CAR-T— exige aprender a seleccionar mejor qué pacientes pueden beneficiarse de ella y a manejar efectos adversos nuevos; la genómica modifica nuestra forma de diagnosticar, prevenir y tratar; y una nueva técnica quirúrgica requiere una experiencia que ningún artículo científico puede transmitir por sí solo.

La formación médica no puede terminar al comenzar a trabajar. Lo aprendido al inicio de nuestra carrera difícilmente basta para varias décadas de práctica. Aprender debe formar parte de toda la vida profesional.

Aquí adquiere sentido hablar de conocimiento conectado: un avance con utilidad clínica demostrada debe poder transformarse en una capacidad real. Necesitamos detectar qué innovaciones aportan valor, validarlas, formar a quienes deben utilizarlas, acompañar su adopción y medir sus resultados.

Pero el conocimiento también debe recorrer el camino de vuelta. Lo que ocurre con miles de pacientes en la práctica cotidiana permite confirmar lo que funciona, descubrir lo que funciona peor de lo esperado e identificar nuevas preguntas. Ésta es la idea de un sistema sanitario que aprende: utilizar la experiencia de la propia asistencia para seguir mejorando. Cada tratamiento, cada complicación y cada resultado contienen información que, analizada de forma adecuada, puede ayudar a tratar mejor al siguiente paciente.

La velocidad no puede ser el único objetivo. Innovar significa introducir algo nuevo, pero en medicina la novedad sólo se convierte en progreso cuando demuestra que aporta valor al paciente. Cuando requiere una curva de aprendizaje, formar, acompañar y evaluar a quienes empiezan a utilizarla forma parte de la seguridad del paciente. La curva de aprendizaje es inevitable; sus consecuencias evitables no deberían serlo.

Quizá por eso deberíamos medir de otra manera la innovación de nuestros sistemas sanitarios. No basta con saber cuánta investigación producen o cuántas tecnologías adquieren. Importa también cuánto tardan en convertir un avance demostrado en una práctica clínica segura y cuánto son capaces de aprender de sus propios resultados.

La medicina seguirá avanzando, probablemente más deprisa de lo que hoy imaginamos. Nuestro desafío será conseguir que la capacidad de aprender de los profesionales y del propio sistema crezca al mismo ritmo. Un sistema que aprende de sus resultados puede convertir cada avance en el punto de partida del siguiente. Y, sobre todo, comprobar si mejora realmente la vida de sus pacientes.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

  • Opinión
  • Pacientes
  • investigación
Tracking Pixel Contents