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Opinión | Tribuna

Francesc Casadesús Bordoy

Heliofobia

Heliofobia

Heliofobia / .

Los seres humanos han estado siempre atentos al movimiento del Sol, porque han sido conscientes de que la vida en la Tierra depende de la poderosa influencia que el astro ejerce sobre ella. Platón, en el diálogo el Político, conjeturó lo que ocurriría si se produjera una «inversión cósmica» en la que el Sol revertiera su órbita y comenzara a salir por el oeste y ponerse por el este. Según el filósofo ateniense, se produciría un desastre en su sentido etimológico, es decir, un «dis-astro» de dimensiones apocalípticas. Los estoicos griegos, a su vez, mantuvieron la teoría de que el universo se autoaniquila por la acción de una ekpyrosis, una flamígera conflagración que, de manera cíclica, renueva y revitaliza el cosmos.

En este contexto, el acelerado calentamiento global podría ser un indicio de que el clima, según la interpretación estoica, se dirige hacia el colapso térmico definitivo. De hecho, como reacción a la galopante hipertermia, son cada vez más los que, afectados por una creciente heliofobia, huyen de la exposición solar. Cuenta el historiador Heródoto que los primeros que padecieron este síndrome fueron los aramantes, un pueblo situado al sur de la actual Libia, que maldecían al Sol y, cuando el calor extremo los abrasaba, lo insultaban con todo tipo de improperios.

De modo semejante, los heliófobos contemporáneos, agobiados por la progresiva «saharización» climática, no cesan de despotricar ante las tórridas temperaturas. Incluso, con el fin de evitar los rayos del Sol, permanecen durante el día refugiados como murciélagos en la penumbra de sus habitáculos. Si por alguna urgencia tienen que salir a la sofocante calle, se rebañan con cremas solares, reconvierten los paraguas en parasoles y se proveen de toda suerte de adminículos «termófugos» y «fotófugos» como abanicos, ventiladores y nebulizadores portátiles, gélidas latas de refrescos, gafas de sol y variopintas gorras, viseras y sombreros. Algunos han alterado su ritmo circadiano y se han tornado «umbrófilos» y noctívagos. En cualquier caso, de seguir aumentando las temperaturas, a los heliofóbicos, además de vituperar al Sol como los aramantes, no les quedará otra que aguardar estoicamente a que se produzca la conflagración universal que regenere otro mundo más fresco y ventilado. A la espera de ese aliviador momento, la ciudad de Roma está considerando la posibilidad de retornar a las catacumbas, rehabilitadas como refugios climáticos. El Ayuntamiento de Palma debiera seguir el ejemplo y modificar su proyecto en los aledaños del edificio de Gesa. Así, en lugar de construir un bochornoso cubo acristalado, tiene la oportunidad histórica de crear un oasis urbano, arborizando la zona con una umbrosa arboleda, y de substituir el caluroso y contaminante parking subterráneo por un sistema de sombrías grutas y túneles hipotérmicos, a modo de las refrescantes catacumbas romanas. Los iracundos aramantes palmesanos, los sufridos estoicos, los heliófobos y… los murciélagos se lo agradecerán in aeternum.

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