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Opinión | La suerte de besar

Trascender de alguna manera

Trascender de alguna manera

Trascender de alguna manera

Tenemos el impulso de permanecer en el tiempo. Nos hacemos fotos para congelar momentos. Inmortalizamos nuestra juventud, las celebraciones, los platos que comemos o nuestros pies entrando en el agua. Escribimos diarios, artículos, libros o presentamos estudios porque anhelamos que algo de nosotros, aunque sea minúsculo, se mantenga y seamos recordados cuando ya no estemos en este mundo. Arquitectos, pintores, cineastas, artistas, compositores trabajan con la idea de perdurar y dejar obras que pasen de generación en generación. La idea de finitud es aterrante.

Mi abuela habría cumplido 102 años el lunes pasado. Me quedan muchas cosas de ella, pero hay una que me gusta especialmente por el significado que tiene: una maceta con geranios. Unas simples flores que, gracias al cuidado de hijos, nietos y amigos, sobreviven. Una muere y otra nace. Plantamos un esqueje, podamos y regamos. El ciclo de la vida en la puerta de casa.

El filósofo Peter Singer defiende que la mejor forma de trascender es salir del ámbito del yo y pasar del punto de vista particular a uno universal. Singer considera que practicar el altruismo y pensar en los demás es una manera de superar la individualidad y de lograr que, mientras estemos vivos, nuestra existencia no empiece y acabe en nosotros mismos. Máxima admiración por las personas que regalan su tiempo y lo invierten en cuidar a otros, en causas medioambientales o en la defensa de derechos de colectivos vulnerables. Su bondad, generosidad y compasión las trascienden.

Para mi abuelo, lo único memorable y merecedor de perdurar por los siglos de los siglos era la institución familiar. Estar juntos, ser una casa de puertas abiertas y acoger a cualquiera con el privilegio de ser considerado familiar. Contar los unos con los otros, saber que disfrutábamos de un apoyo incondicional. Los míos, con razón o sin ella, decía. Compartir una luna llena, una puesta de sol o una zarzuela. Su amor por la familia, considerada como el único refugio seguro y el lugar al que volver, es su legado. La memoria es curiosa. Construimos la huella que nos dejan las personas a partir de momentos e imágenes que tenemos de ellas. No son necesariamente los más significativos, pero son los que nos quedan y los que acaban configurando el recuerdo que conservamos.

La entrevista a Miquel Ramis en elDiario.es me ha hecho plantearme cómo queremos trascender como sociedad. El mallorquín, que, entre otras cosas, documenta oficios y saberes artesanales, critica el cortoplacismo que rige las decisiones privadas y públicas y propone combinar el conocimiento antiguo con lo que hoy sabemos de ecología. Afrontar la desertificación y la sequía mediante agricultura regenerativa, gestión del agua y reforestación. Rediseñar las fincas como ecosistemas únicos, dejar de considerar que los acuíferos son infinitos y plantar un millón de árboles (qué sueño), que crearán sombras, bajarán las temperaturas, fomentarán las infiltraciones de agua en los terrenos, producirán alimentos y generarán empleo rural. Reconozco que no sé del tema, pero sufro las consecuencias del calor y de la falta de lluvia. De ahí que la opinión de Ramis me haya parecido una bocanada de aire fresco. Nada me parece más altruista que hacer algo que no podremos disfrutar y que producirá un beneficio para las generaciones futuras. Eso sí es trascender de verdad y lo demás son cuentos.

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