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Opinión

La maga de la Casa Blanca

La devoción de la asistente personal Valerie Harp por Trump se ha convertido en la mejor metáfora de la atención ilimitada que requiere el presidente estadounidense

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump / Al Drago - Pool (CNP)

‘El mago del Kremlin’ es quizás el único texto que justificaría interrumpir la lectura de este artículo aquí y ahora, porque el libro de Giuliano da Empoli sobre el entorno de Putin compone un retrato inigualable del poder contemporáneo. Como mínimo cabe homenajearlo con el titular ‘La maga de la Casa Blanca’, una vez que la devoción de la asistente personal Valerie Harp por Donald Trump se ha convertido en la mejor metáfora de la atención ilimitada y la adulación perpetua que requiere el presidente estadounidense.

Las apuestas atemorizadas sobre el abuso constitucional de que Trump optara a un tercer mandato obvian que el segundo se le está haciendo eterno, hasta el punto de que desearía abreviarlo. Ahora ya puede afirmarse sin ser tachado de filofascista que el presidente estadounidense vive desde el atentado de julio de 2024 hasta marzo de 2026 la mayor fase de ebullición de un político contemporáneo, con el mérito adicional de su condición de octogenario. La guerra de Irán arruina la marcha triunfal y envejece súbitamente al émulo de Luis XIV, que adhería personalmente con superpegamento las molduras doradas que monopolizan hoy el austero Despacho Oval.

Harp se convierte literalmente en 2022 en la mano derecha de Trump, en cuanto autora manual de sus tuits y suministradora incesante de información halagadora en papel, de ahí su título oficioso de «impresora humana». Sin un rol orgánico, no se ha despegado del presidente hasta el punto de subirse al maletero de un coche de su comitiva, o de perseguir a la carrera su buggy de golf. A esta treintañera que atribuye incluso la curación de su cáncer de huesos al presidente, le corresponde una cuota de la reelección. Ha prodigado su entrega en textos con un grado de infatuación que sonroja al lector y preocupó al Servicio Secreto, por si delataban un desorden psicológico.

Por una vez, y aquí llega la parte más increíble en la carrera de la maga de la Casa Blanca, su ídolo ha reciprocado los desvelos de la subordinada. La asistenta confirma sin horarios ni festivos todos los prejuicios de Trump, que apareció desarbolado cuando un rival político elevó a sentimental la relación entre ambos. Jon Ossoff, senador Demócrata por Georgia en campaña, sugirió un retiro dorado al presidente en el avión regalado por Qatar, y en compañía de su adjunta inseparable.

El propio Ossoff reculó atemorizado ante la repercusión global de su osadía, pero resultaba más apasionante comprobar que Trump estaba probando su propia medicina, y que le encontraba un regusto amargo. Insultó a la periodista que requirió su opinión sobre la relación con Harp, una vez desnudada por el político Demócrata. Insultó por supuesto al senador lenguaraz, a quien comparó físicamente con el irrisorio Pee-wee Herman. Sin embargo, el presidente estadounidense se guardó de definir sus lazos con su mayor colaboradora, se mostró descolocado.

Trump se salió del guion como acostumbra, y para soslayar a Harp se concentró en el extraordinario salón de baile en construcción que sustituirá al Ala Este de la Casa Blanca. El problema para el presidente surgió al confirmarse que la idea inicial del proyecto polémico emanaba de su valiosa adjunta. Es decir, le estaba rindiendo un homenaje a su indispensable subordinada, mientras fingía ignorar la insinuación de Ossoff.

De repente, Trump se comportaba como un adolescente ruborizado, en las antípodas de quien responde a la acusación de haber violado a una mujer con un categórico:

-No es mi tipo.

Harp es su tipo, pero la homogeneidad fisonómica es una exigencia compartida por todos los cargos femeninos de la actual Administración. Y para equilibrar la balanza, el presidente también nombra a los varones guiado por su aspecto. Pete Hegseth pasó de tertuliano de la Fox a Secretario de Defensa gracias a su presencia física, y Trump empleó un argumento irrebatible para designar al director de la CIA:

-Es un auténtico Cary Grant.

La obsesión por obtener un Gobierno cinematográfico viene sintetizada por Trump en la expresión ‘Central Casting’. La única personalidad normal en cuanto no normativa es la inteligentísima Susie Wiles. No solo es la primera mujer nombrada jefa de gabinete de la Casa Blanca, también ha sobrevivido en un cargo que en el primer mandato trumpista empleó a cuatro personas distintas. De la antigua jefa de campaña puede afirmarse con rotundidad que es la autora del segundo mandato.

La maga de la Casa Blanca no debe confundirse con la Maga de Cortázar. La perseverante Natalie Harp ha entendido que la esencia del poder subalterno consiste en volverse insustituible. Para ser apreciada por su jefe, se ha sometido a humillaciones como dormir en un vestuario. En el extraordinario ‘Cambio de Régimen’, un repaso a la «Presidencia Imperial» a cargo de los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan, se detalla la reacción de Susie Wiles al contemplar las piruetas de la asistenta personal de su jefe:

-Dónde me he metido.

Ya solo falta recordar el final esclarecedor de ‘El mago del Kremlin’ Si el tiempo le apremia, contemple el desenlace en la película, notablemente inferior al libro.

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