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Opinión | Al azar

Ese dron que lleva tu nombre

Ataque con drones en una zona residencial en Kiev, Ucrania

Ataque con drones en una zona residencial en Kiev, Ucrania / Europa Press/Contacto/Pavlo Bahmut

Un misil Patriot puede costar cinco millones de euros, sin tener en cuenta el precio multimillonario de la batería donde está instalado. Pese a este coste prohibitivo, se ha malgastado y agotado la reserva de cohetes para matar a rusos en Ucrania, o para neutralizar a drones iraníes de cartón piedra y coste cien veces inferior. La creatividad estadounidense se concentra ahora en la fabricación de interceptores de bajo coste, una iniciativa casualmente participada por los hijos de Donald Trump.

Las guerras portátiles conllevan un armamento que goce de la misma versatilidad. Ha disminuido la probabilidad de ser golpeado por un Patriot o equivalente, pese a las bravatas de Irán sobre el ataque a países europeos. A cambio, la ubicuidad del dron asesino multiplica la probabilidad de ser atacado a distancia por un pájaro metálico que hasta un niño podría manejar, y disparar. El artefacto milagroso que iba a depositar dulcemente en el balcón la compra del supermercado, también puede transportar la carga explosiva suficiente para volar una vivienda. Selectivamente, a domicilio y a medida, los ingenuos pensaban que la economía de guerra era otra cosa.

Ese dron que lleva tu nombre no solo puede activarse a larga distancia, sino programarse con antelación indefinida. Para personalizarlo, sería suficiente con asociarlo preventivamente a los teléfonos móviles, las prótesis irrenunciables del ser humano contemporáneo. Incluso podría operar desde la autonomía de la Inteligencia Artificial, como en la escuela de niñas iraníes masacradas al ser confundidas con un cuartel. En estos casos, se esfuma la responsabilidad homicida, porque de los autores de «las redes sociales solo son plataformas desvinculadas de las barbaridades que profieren sus usuarios», ahora llega «los agentes de IA actúan según su propia voluntad y al margen de sus creadores». Frente a tanta virtualidad, el momento en que el dron mata a un ser humano es real y dramático. En el frente ucraniano se ha grabado a la víctima que sabe que no tiene refugio ni salvación frente al ave asesina, por lo que se limita a la mueca de horror y a santiguarse antes de ser eliminada.

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