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Opinión | Tribuna

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Tanto los hechos como los protagonistas del ‘true crime’ son reales. Tienen una vida que continúa después de que nosotros hayamos cerrado la plataforma.

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El true crime es hoy uno de los géneros más consumidos en cualquier plataforma, y su ascenso revela detalles interesantes sobre lo que buscamos cuando queremos sentarnos a ver algo que no es exactamente entretenimiento, pero tampoco se podría calificar de otra cosa. Hay una fascinación antigua por los crímenes, esto no es nuevo ni inquietante. Lo difícil de ignorar es la escala, la velocidad con la que van apareciendo más y más documentales y pódcasts dedicados a lo mismo -tanto que las historias de los crímenes se repiten- y, sobre todo, la cantidad de vidas reales que se consumen en el proceso sin que nadie parezca escandalizarse. Un espectáculo construido sobre el dolor ajeno, con producción de calidad, narración envolvente y banda sonora elegida con mucho cuidado. La madre de una de las víctimas del caso Alcàsser concedió una entrevista hace unos años en la que contaba que había dejado de ver la televisión. No por duelo, sino porque cada cierto tiempo aparecía un programa nuevo sobre la muerte de su hija y ella se enteraba de casualidad mientras cenaba, mientras doblaba la ropa, mientras hacía cualquiera de esas cosas que se siguen haciendo porque la vida no para, nos pase lo que nos pase. Nadie le avisaba. Nadie le pedía permiso. El crimen era de todos y la víctima también, y aquella madre tenía que aprender a convivir con la versión que otros habían construido de lo que le ocurrió a su hija. Una versión editada, narrada con musiquita de fondo y dividida en episodios que hacían mucho más fácil para el espectador no perder el hilo de la historia.

Tanto los hechos como los protagonistas del true crime son reales. Viven en algún sitio con sus nombres y sus caras, tienen familias, amigos, trabajos, rutinas, cumplen una condena en la cárcel… Tienen una vida que continúa después de que nosotros hayamos cerrado la plataforma. Su momento más terrible, no obstante, ha quedado convertido en una historia que millones de personas pueden consumir, comentar y discutir con el mismo entusiasmo con el que se destripa una película o una serie. La víctima deja de ser entonces una persona a la que le sucedió algo horrible y se convierte en un personaje: alguien sobre quien se puede especular, alguien cuya personalidad puede reconstruirse, cuyas decisiones se pueden juzgar y cuya vida anterior al crimen puede reinterpretarse a partir del desenlace. Las familias de las víctimas aprenden así a buscar su apellido en Internet con precaución, a prepararse para los aniversarios porque estos traen oleadas de interés renovado, a gestionar mensajes de desconocidos que sienten que las conocen porque han escuchado doce horas de pódcast sobre lo que les ocurrió. Es una familiaridad extraña y unilateral. El espectador conoce detalles íntimos de una vida que la persona que los protagonizó jamás decidió compartir con él. Sabe cómo murió, quizá cómo vivía, con quién se relacionaba, qué problemas tenía, qué decisiones tomó… Puede incluso sentirse unido emocionalmente a alguien a quien nunca conoció. Y, sin embargo, la víctima no puede conocernos, ni puede explicarnos qué parte de la historia entendimos mal.

Para que el producto funcione, el crimen tiene que dejar de ser un acontecimiento terrible y convertirse en una buena historia. Debe tener protagonistas, secundarios, giros, sospechosos, pistas, momentos de tensión y, si es posible, un misterio que mantener vivo. La vida real, que no tiene obligación alguna de respetar una estructura narrativa, se reorganiza para que pueda ser consumida como si la tuviera. Una persona puede acabar convertida en protagonista sin haber elegido serlo y una familia puede descubrir que los momentos más dolorosos de su vida han pasado a formar parte del entretenimiento cotidiano de desconocidos. La pantalla funciona como frontera y también como salvoconducto moral: nos permite estar cerca del horror sin estar realmente dentro de él.

Las víctimas no tienen esa opción. Tampoco sus familias. Para ellas, el crimen no termina cuando aparecen los créditos ni cuando el pódcast llega a su último episodio.

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