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Opinión | Tribuna

La isla que vuelve a mirar a Europa

Este 29 de agosto, Islandia vota si quiere volver a sentarse en la mesa de las negociaciones de adhesión, congeladas desde 2013

Dos banderas de España flanquean a la de Europa.

Dos banderas de España flanquean a la de Europa. / REUTERS

Hay una fecha que a los españoles de cierta edad nos suena a repique de campanas: 1986, cuando España y Portugal entraron juntas en la Comunidad Europea, dos periferias que se sumaron a la misma barca. Este 29 de agosto, Islandia —esa otra periferia, la del Atlántico Norte— vota si quiere volver a sentarse en la mesa de las negociaciones de adhesión, congeladas desde 2013. No decide si entra; decide si vuelve a hablar de entrar. Y sin embargo, pocas votaciones consultivas han pesado tanto.

Pesan porque detrás está Trump. Sus amagos sobre Groenlandia, a trescientos kilómetros de Reikiavik, han logrado lo que ningún argumento económico había conseguido en una década: recordarle a una isla de 400.000 ciudadanos, sin ejército propio, que la seguridad no es gratis. La ministra de Exteriores Gunnarsdóttir lo resume de una forma que cualquier mallorquín entiende sin traducción: hay que saber dónde se aseguran los intereses propios.

¿Le conviene a España que Islandia entre? Depende de dónde se mire. Le conviene un socio rico —contribuyente neto, no receptor— que refuerza el flanco norte y que, si arrastra a Montenegro en un paquete conjunto, reedita aquel 1986 nuestro y da oxígeno a una Unión que llevaba años sin ampliarse. A los mallorquines nos conviene, también, una isla más en el club: con Irlanda, Malta y Chipre, ya serían cuatro los Estados insulares, y cuantos más, más fuerza tiene el argumento —el nuestro, el balear— de que la insularidad merece un trato diferenciado, no una nota a pie de página del artículo 174 del Tratado.

Quizás conviene menos a España que Reikiavik llegue exigiendo, y probablemente logrando, excepciones en pesca. Cada precedente favorable a un recién llegado es un argumento que la flota de pesca gallega recordará la próxima vez que Bruselas diga que no hay margen.

La campaña islandesa repite, por lo demás, un guion muy europeo. El «no», defendido por una alianza entre armadores pesqueros y nacionalistas, habla de las guerras del bacalao, de un mar que es identidad antes que negocio, de una soberanía que temen ceder a Bruselas. El «sí» responde con una paradoja que ya hemos vivido: que sentarse a la mesa es más soberanía, no menos, y que Islandia, como miembro del Espacio Económico Europeo, ya adopta dos tercios de la legislación comunitaria sin voto ni voz. Entre el bacalao y el euro, entre el miedo y el cálculo, decidirá una diferencia de apenas un punto según algunas encuestas.

Desde Balears, archipiélago que también vive del mar y de la lejanía del corazón de Europa, conviene mirar este 29 de agosto con atención. No porque Islandia vaya a cambiarnos la vida mañana, sino porque cada isla que entra en la Unión ensancha, aunque sea un poco, el argumentario de las islas que ya estamos dentro.

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