Opinión | Tribuna

Profesor de marketing
¿Cabe una universidad en un ranking?

Vista general del campus de la UIB. / UIB
Cada cierto tiempo aparece un nuevo ranking de universidades y asistimos al mismo ritual. Quién sube, quién baja, quién entra entre las 500 mejores y quién celebra haber adelantado veinte posiciones. Nos hemos acostumbrado tanto a medirlo todo que corremos el riesgo de confundir aquello que podemos medir con aquello que realmente importa. Estos días es noticia que el ARWU o Ranking de Shanghái ha dejado fuera a la UIB de los 1.000 primeros puestos.
Los rankings son útiles. Permiten comparar instituciones y han contribuido a internacionalizar y estimular la investigación. El problema aparece cuando dejamos de utilizarlos como un indicador y empezamos a tratarlos como una definición de calidad.
Porque entonces ocurre algo que en marketing conocemos perfectamente: cuando una métrica proporciona reputación, las organizaciones aprenden a competir por la métrica. El economista Charles Goodhart lo resumió en una frase convertida ya en ley: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.
Algunas universidades, especialmente aquellas con más tamaño y con gran capacidad financiera, han desarrollado agresivas políticas de captación de investigadores altamente citados, científicos de enorme prestigio e incluso premios Nobel. Fichar talento es legítimo y puede enriquecer enormemente una institución. Pero ¿qué ocurre cuando el objetivo del fichaje es aumentar publicaciones, citas, reputación internacional y, finalmente, posiciones en los rankings con el fin de obtener más matriculas y financiación?
Podemos encontrarnos con la paradoja de que un científico que apenas pisa un aula mejore considerablemente la posición de una universidad en una clasificación destinada, supuestamente, a indicarnos cuáles son las mejores universidades.
En marketing conocemos bien el mecanismo. Empresas que persiguen certificaciones, premios, sellos o distintivos porque funcionan como atajos mentales de calidad. También ocurre con características físicas del producto. El consumidor, por ejemplo, asocia determinados colores del pollo o del salmón con una mayor calidad. ¿Qué hacen algunos productores? Modificar ese color mediante la alimentación. No cambian necesariamente el producto que queremos medir, sino la señal que utilizamos para valorarlo. Con algunos rankings puede suceder algo parecido.
El sello termina siendo más importante que aquello que pretendía acreditar. Y el dinero permite comprar algunas de las variables que un ranking mide.
El Ranking de Shanghái puede decirnos qué universidad investiga mejor, pero no necesariamente en cuál se aprende mejor. Una universidad puede tener científicos extraordinarios y una calidad docente no tan buena. Puede publicar cientos de artículos y tener profesores incapaces de transmitir entusiasmo. Porque investigar y enseñar son actividades relacionadas, pero no idénticas.
Llevo cinco años como profesor asociado en la UIB y durante este tiempo he podido observar una transformación que probablemente resulte difícil introducir en una hoja Excel. He visto cambios en espacios, servicios, actividades, digitalización y, sobre todo, una voluntad cada vez más clara de conseguir que el campus sea verdaderamente convivencial.
Que a la universidad no se vaya únicamente a recibir una clase y regresar a casa. Una universidad debería ser un lugar donde pasan cosas. Donde se estudia, pero también se conversa, se debate, se investiga, se hace deporte, se crean amistades, proyectos y, alguna vez, hasta empresas.
El ARWU o Ranking de Shanghái no puntúa específicamente la creación de spin-offs o startups, la transferencia tecnológica, el emprendimiento de los alumnos o el impacto económico generado en el territorio. Una universidad puede contribuir enormemente a transformar la sociedad que la rodea sin que eso tenga un reflejo directo en su posición en un ranking.
Dentro de veinte años, ningún antiguo alumno recordará qué posición ocupaba su universidad en un ranking en 2026. Recordará a un profesor. Una biblioteca. Esas charlas en los sillones recién estrenados del hall de Jovellanos. Los amigos. Incluso aquel examen de Investigación Comercial que suspendió.
La UIB debe aspirar a investigar más, publicar mejor, atraer talento y escalar posiciones. Por supuesto. Pero nunca confundamos el marcador con el partido.
El talento científico se puede formar, pero también se puede fichar. La cultura universitaria, la experiencia, la transferencia tecnológica y la capacidad de enseñar no se adquieren tan fácilmente.
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