Opinión | Tribuna
Hablando de eclipses...
Hay otra manera de eclipsar, bastante menos astronómica y más humana. Basta con alguien dispuesto a ocupar demasiado espacio

Observación del eclipse solar desde Platja de Palma / B. Ramón
Supongo que también habrán sido cautivados por el fenómeno del eclipse solar total del pasado día 12. Un hecho único y sorprendente para un lugar específico del planeta, como esta vez lo ha sido sobre todo aquí, en Illes Balears. Imposible escapar a esta maravilla infinitamente anunciada y, de algún modo, también objeto de comercialización. Porque, ya sabemos, vivimos en una época en la que prácticamente todo es susceptible de venderse como producto, experiencia o reclamo. Y dentro de ese ‘todo’ está uno mismo. Sin ir más lejos, el verbo eclipsar nos ofrece una oportunidad de autoventa impresionante. Porque hay otra manera de eclipsar, bastante menos astronómica y más humana. Una acepción que no necesita oscuridad, ni alineaciones de cuerpos celestes, ni gafas homologadas. Basta con alguien dispuesto a ocupar demasiado espacio.
Lo saben bien las personas que parecen necesitar que los demás brillen un poco menos para poder hacerlo ellas un poco más. Personas que intervienen, corrigen o «ayudan» con una singular precisión, siempre en el momento más oportuno para ellas y, preferiblemente, cuando el resultado les permite aparecer después como imprescindibles. Puede que reconozcan en estas líneas a algún curioso espécimen profesional: alguien quizás con cierta antigüedad y clara vocación por destacar sobre los demás a toda costa. Personas de eficiencia amable y acaramelada que esconden un ego desmedido que solo se desenmascara en las distancias cortas y tras la perplejidad resultante después de unos cuantos episodios.
Pero volvamos a lo de eclipsar... Recuerdo un argumento al respecto: estas personas, incluso aunque reconozcan que su proceder es molesto, según ellas puede que no se deba a algo voluntario, sino a un «problema» señalado por otros anteriormente. Resulta que son seres que eclipsan (y no lo pueden evitar).
Y aquí termina cualquier posibilidad de discusión frente a esa justificación. Han sabido sacar el máximo provecho de una falta para convertirla en una virtud con una naturalidad extraordinaria. Sin pudor, sin ironía y, sobre todo, sin la más mínima conciencia de lo reveladora que resulta semejante afirmación.
Así que recuerden, cuando alguien ose decir de sí mismo que eclipsa, y que con ello consigue que una persona (o cosa) destaque menos, pierda valor o su visibilidad se vea reducida, por ser este ser sideral mejor, observen en silencio y mírenle con cierto brillo en los ojos. Sabiendo que nos movemos en lo disparatado y suponiendo que la justicia divina está con ustedes, finalmente sonrían mientras formulan internamente: «Ego te absolvo».
Quizás estas personas no sepan algo. No todo el que hace sombra brilla. A veces, simplemente, es que se han colocado demasiado cerca. Y otra cuestión a tener en cuenta, es que los eclipses duran tan solo unos minutos y que después, inevitablemente, la luz reaparece en su sitio, ese del que nunca se fue. Puede que la ceguera de sus egos sea proporcional a la ceguera ocular resultante de ver el eclipse sin las gafas homologadas y, también, a la fugacidad del fenómeno astronómico.
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