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Opinión | Tribuna

Cuando colaborar no significa obedecer

La exposición ‘A media lumbre’ reúne piezas artesanas de más de 40 artistas

La exposición ‘A media lumbre’ reúne piezas artesanas de más de 40 artistas / B.RAMON / DMA

En Mallorca proliferan los proyectos culturales impulsados por asociaciones, colectivos y particulares. Muchos nacen de una voluntad sincera de hacer comunidad, recuperar tradiciones, poner en valor el territorio o dar espacio a los artistas. Y eso es positivo.

Pero precisamente porque cada vez existen más iniciativas de este tipo, deberíamos preguntarnos: ¿qué significa realmente colaborar con un artista?

Una colaboración artística no es lo mismo que un encargo. Cuando un cliente paga a un artista para realizar una obra, puede establecer unas condiciones concretas y el artista decide si las acepta. En una colaboración, en cambio, ambas partes aportan algo: el organizador aporta el espacio, el contexto, la gestión o los recursos; el artista aporta su tiempo, experiencia, creatividad y lenguaje propio.

Por eso, cuando un artista participa voluntariamente en un proyecto, no debería convertirse simplemente en la persona que ejecuta las instrucciones de quien lo organiza.

Esta diferencia resulta especialmente importante en los murales. Un mockup sirve para visualizar una idea antes de llevarla a la realidad, pero una pared no es una pantalla. Las dimensiones, la textura, la luz, la arquitectura y el entorno pueden hacer necesario adaptar una propuesta durante la ejecución.

Simplificar una composición, cambiar una proporción o modificar determinados elementos después de observar el espacio real no significa necesariamente incumplir lo acordado. Puede significar ejercer el criterio profesional del artista.

Si, por el contrario, se espera que el artista reproduzca exactamente un diseño previamente establecido y no pueda interpretarlo o adaptarlo, estamos mucho más cerca de un encargo que de una colaboración. Y si se trata de un encargo, las condiciones deberían definirse claramente desde el principio.

También debemos distinguir entre trabajo voluntario y financiación voluntaria.

Un artista puede decidir donar su tiempo y sus conocimientos a un proyecto porque cree en él. Eso es una aportación cultural y social legítima. Pero que el artista renuncie a sus honorarios no significa automáticamente que deba financiar los materiales necesarios para realizar la obra.

Si existe un presupuesto máximo para pintura, herramientas u otros materiales, debe comunicarse antes de comenzar. De lo contrario, el riesgo económico termina trasladándose al artista sin que este haya aceptado asumirlo.

La transparencia también debería aplicarse al reembolso de los gastos. Si se acuerda que los materiales serán reembolsados, ese compromiso no debería convertirse posteriormente en una herramienta de presión o condicionarse a que el artista termine la obra exactamente como otra persona considera adecuado.

Hay además una cuestión que a menudo se olvida: cuando un artista firma una obra, también pone en juego su reputación.

Para una organización, un mural puede ser una parte más de un proyecto. Para el artista, esa obra lleva su nombre y puede formar parte de su portfolio durante años. Por eso tiene derecho a preguntarse si el resultado representa su lenguaje, su criterio y su trayectoria profesional.

Esto no significa que el artista deba tener siempre la última palabra. Un propietario puede establecer límites sobre su espacio. Una asociación puede definir los objetivos de su proyecto. Una comunidad puede expresar sus expectativas. Y todos tienen derecho a opinar.

Pero opinar no es lo mismo que sustituir el criterio profesional del artista.

También las instituciones públicas tienen aquí un papel que considerar. No se trata de controlar cada iniciativa cultural privada ni de convertir cada mural en un procedimiento burocrático. Pero, si queremos fomentar una cultura participativa y sostenible, sería positivo avanzar hacia marcos más claros de orientación para artistas, asociaciones y propietarios: información sobre permisos y responsabilidades, transparencia presupuestaria y buenas prácticas para las colaboraciones culturales.

Porque una cultura viva no se construye solamente con exposiciones, eventos o paredes pintadas. También se construye creando condiciones en las que quienes hacen posible esa cultura puedan trabajar con respeto.

Un proyecto puede ser pequeño, tener poco presupuesto y ser completamente voluntario. Puede nacer de la mejor de las intenciones.

Pero hay una regla que no deberíamos olvidar:

Que un artista trabaje gratis no significa que su trabajo no tenga valor.

Y colaborar no significa obedecer.

Colaborar significa crear juntos.

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