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Opinión | Una Ibicenca fuera de Ibiza

Tenemos que hablar

Sant Jordi llena de libros y actividades varios municipios de Mallorca

Sant Jordi llena de libros y actividades varios municipios de Mallorca / AJ.

He leído esta semana dos noticias que, a pesar de la distancia, se nota que son parientes. Mírenles la postura, la forma de caminar.

En un comunicado, Cybil Wallace, editora jefe de Goodreads —la plataforma en línea para organizar lecturas, escribir reseñas, calificarlas con estrellas, fijar metas y descubrir nuevos títulos—, anunciaba en marzo la inclusión de una opción DNF (por sus siglas en inglés, did not finish: no lo terminé). «Ha sido una de las funciones más solicitadas por la comunidad de Goodreads».

Algo que su homóloga The StoryGraph incorporaba desde sus inicios, en 2019: «DNF. Porque la vida es demasiado corta para un libro que no te apetece leer». Aunque con un importante cambio en 2021: las páginas leídas de un libro abandonado pasaron a contar para las estadísticas y metas anuales.

Inmediatamente trasladé aquello a las relaciones fallidas de muchas de mis amigas. La mayoría se prolongan más allá de su vida útil —algo que, claramente, solo vemos cuando estamos fuera de la fase de centrifugado de lo que alguna vez fue amor— porque, de no intentarlo una vez más, da la sensación de que, más que un fracaso, el tiempo dedicado fue tiempo perdido. Pero no. El tiempo de intentarlo contabiliza, y mucho, en las estrellas de las estadísticas de mis amigas. Se lo digo yo, que cuento un cien por cien de DNF en relaciones: algunas, cerrando yo abruptamente el libro; otras, siendo la devuelta a una fría y oscura estantería.

Pero dejemos mis derrotas y vayamos a la segunda noticia. O no las dejemos del todo... En nuestras listas de la compra de tooodo lo que queremos en una pareja habrá quien suspire por alguien con quien viajar, que le lleve el desayuno a la cama o le cambie una rueda. Yo envidiaba a esas parejas que parecían entenderse casi sin hablar. Y la idea de hacer un trayecto en coche en completo silencio, sin más, por puro placer… me parecía el colmo del romanticismo.

Pero en un artículo publicado en Perspectives on Psychological Science, Valeria Pfeifer, de la Universidad de Missouri-Kansas City, y Matthias Mehl, de la Universidad de Arizona, descubrieron que hablamos un 28 % menos que hace 14 años. De media, unas 12.792 palabras al día en 2019, frente a las cerca de 16.000 de 2005. El hallazgo se produjo por azar, al estudiar grabaciones reales para comprobar si eran ciertas las creencias de que las mujeres hablamos más que los hombres. Y descubrieron, ya ven, algo mucho más serio: hemos perdido unas 338 palabras diarias. 15 horas menos al año de conversación.

De seguir este ritmo de declive oral, llegaríamos a cero hacia 2057. El sueño de cualquier grupo de padres y madres de WhatsApp: no decir absolutamente nada. Los nacidos este año podrán decir: «Aprendí a hablar con dos años, lo olvidé a los veintiuno». Pero por mímica, o en el equivalente de la época al reto viral de TikTok.

Qué paradoja que estar permanentemente conectados no equivalga a mejorar nuestras conexiones con los otros. Quizá el problema no sea solo cuánto hablamos, sino cuánto tiempo somos capaces de permanecer: a solas con un libro abierto o en una cena con tu churri, sustituyendo la luz de unas velas por la de las pantallas de nuestros teléfonos móviles.

Y a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre y que sigo defendiendo los momentos de introspección y los «le di puerta» —sea un maromo o un libro—. Pero ¿es porque es una pérdida de tiempo o es una pérdida de la capacidad de dedicar tiempo y atención? ¿No eres tú… que soy yo?

No supimos «leer» las señales. Una de las últimas nos llegó el año pasado, precisamente de TikTok, donde uno de los cerca de tres millones de seguidores de María Pombo respondía a un vídeo en el que mostraba cómo había decorado su estantería: «La librería es preciosísima. Pero si estuviera llena de libros que se han leído, lo sería mucho más». ¡Cómo se puso la influencer! «Lo voy a decir: creo que hay que empezar a superar que hay gente a la que no le gusta leer. Y encima no sois mejores porque os guste leer».

Ella misma reconocía que la estantería de marras incluía un único libro: un ejemplar de El Principito comprado en Zara Home. Llevando al mínimo la máxima de Marie Kondo, que invita a conservar solo los libros que, al verlos, nos recuerden que nos hicieron felices. Ese «algún día lo leeré», significa que probablemente nunca lo harás. Según la japonesa, inténtalo una última vez y, si no te hace feliz, dónalo. Puede que esté destinado a alguien que sí lo aprecie.

Un DNF que vale tanto para El péndulo de Foucault —lo siento, Umberto Eco— como para tu Manolo o el mismísimo Brad Pitt, si le preguntamos a Angelina Jolie.

Y la pista más clara de que vamos por buen camino la tenemos, a pesar de los silencios buscados, en las palabras de un escritor, André Maurois: «Un matrimonio feliz es una larga conversación que siempre parece demasiado corta». O en esas otras, que callamos —y no deberíamos—: «Quítate la ropa, tenemos que hablar».

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