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Opinión | Tribuna

Juan Fernández Mena

Juan Fernández Mena

Promotor y director del Frontón de Sineu

Mientras siga sonando

El Frontón de Sineu.

El Frontón de Sineu. / F.S.

Confieso que cuando me metí en la aventura de recuperar el Frontón de Sineu no tenía entre mis planes promover la pelota vasca en Mallorca. Bastante tenía con intentar entender qué hacer con aquel lugar enorme, hermoso y algo disparatado que había llegado hasta nuestros días cargado de historias.

Pero los espacios, si uno les presta atención, terminan diciendo para qué están ahí.

Y este tenía una pared. Una pared enorme que llevaba demasiado tiempo sin escuchar aquello para lo que fue construida.

Mi madre me recordaba estos días algo que me parece precioso: la pelota es un deporte sin artificio. Una mano, una pelota y una pared. Durante siglos ni siquiera hicieron falta frontones: se jugaba contra los muros de las iglesias. En 2026, cuando parece que todo necesita una pantalla o una experiencia diseñada para ser fotografiada, resulta casi revolucionario ser feliz dando golpes a una pelota contra una pared.

Y eso es lo que ha ocurrido aquí.

Al principio llegaron algunos vascos. Después unos mallorquines se animaron a probar. Luego volvieron. Empezaron los entrenamientos, los partidos, los piques. Hasta que un día descubrimos algo que no estaba en ningún plan de negocio: teníamos pelotaris mallorquines.

Y tenemos cantera.

Eso sí, bastante peculiar. Mientras estos días celebrábamos los éxitos de nuestras sub-18 femeninos, pensaba en los nuestros jugadores. Algunos han descubierto su vocación deportiva con treinta y tantos o cuarenta y tantos años. Llegan después de trabajar, encajan el entrenamiento donde pueden y seguramente al día siguiente les duele alguna parte del cuerpo que a los dieciocho ni sabíamos que existía.

No serán cantera por edad. Lo son por corazón.

Y ahí está para mí lo importante de lo ocurrido en Sineu. No en organizar un torneo una vez al año, sino en que haya gente jugando cuando no hay torneo, público ni fotos. Cuando no hay nada que celebrar salvo el placer de jugar.

Y están quienes vienen desde Euskadi. Los que llegaron casi como embajadores de un deporte y hoy regresan para encontrarse con algo que entonces apenas existía: jugadores mallorquines al otro lado. Ese viaje entre dos territorios me emociona. Porque las culturas sobreviven así: no encerrándolas para protegerlas, sino consiguiendo que alguien las reciba, las practique y termine haciéndolas también un poco suyas.

Quizá todo esto me toca especialmente porque ocurre en Mallorca.

Vivimos en una isla extraordinariamente deseada y, precisamente por eso, sometida a una transformación feroz. A veces vamos tan deprisa que no nos da tiempo siquiera a decidir qué queremos conservar. Desaparecen lugares, costumbres y maneras de encontrarnos. No pretendo resolver semejante asunto desde un frontón. Pero sí he descubierto que dentro de estas paredes ciertas cosas están un poco más a salvo.

A salvo, sobre todo, del olvido.

Por eso el Quelet i Boiret no ocurre el 10 y el 11 de agosto. Un torneo no ocurre en dos días. Es una cadena de personas, casualidades, afectos y complicidades. Ocurre cada vez que alguien viene a entrenar, que alguien enseña a otro, que los pelotaris vascos deciden volver a Mallorca o que uno de nuestros cuarentones decide que esta semana tampoco se salta el entrenamiento.

El año pasado aquello podía parecer una ocurrencia. Este año empieza a parecer una tradición.

Y las tradiciones, en algún momento, tuvieron que empezar.

Hace no tanto teníamos un frontón sin pelota. Hoy tenemos pelota, jugadores, club, competición, amigos que vuelven desde Euskadi y una improbable cantera mallorquina empeñada en seguir creciendo.

No sé qué será de todo esto dentro de diez años.

Pero algunos días, cuando escucho desde cualquier rincón del Frontón el golpe seco de la pelota contra el frontis, pienso que el viejo Frontón Sineu debe de reconocerse un poco.

Yo también.

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