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Opinión | La suerte de besar

Anatomía de un paseo matutino

Anatomía de un paseo matutino

Anatomía de un paseo matutino / DM

A pesar del calor, de la humedad y de no pegar ojo por todo lo anterior, salgo a pasear cada mañana. Lo hago por la salud de Petra, mi perra, y lo hago por la mía. Si las mujeres de más de 50 años queremos evitar tener el físico de nuestro villano favorito, Gru (tronco superior amplio, piernas de gorrión), debemos movernos. Diariamente, me cruzo con los mismos. Me he hecho una idea de su vida y personalidad.

Un hombre camina con un chaleco multibolsillo, bermudas de explorador y botas de montaña. Usa visera y gafas de espejo. Seguro que cree que, en vez de pasear por un muelle de pescadores, está a punto de cruzar el estrecho de Ormuz. Tiene actitud defensiva y le imagino por las noches viendo Rambo y leyendo sobre teorías de la conspiración.

Me cruzo con una pareja que, más que marido y mujer, parecen gemelos. A mi tío Llorenç y a mi tía Juana les pasó lo mismo. Convivieron tantos años que acabaron pareciéndose. Yo miro a Petra y sé que ella y yo también somos dos gotas de agua. Ella más guapa, por supuesto. Le recuerdo que la quiero más que a muchas personas que conozco y me lame la pantorrilla. Entre un coche y un arbusto, atisbo a un caminante aliviando su próstata. Salvo que sea por exigencias médicas, el gesto es repugnante. Sé a ciencia cierta que, si todos considerásemos las calles, las playas o las plazas una extensión de nuestra propiedad privada y las cuidásemos como tales, viviríamos mejor.

Admiro a una mujer que va con mallas, deportivas con cámara de aire y sujetador push up. Está tan estupenda que ni suda. Me gustan las personas que han asumido el reto de estar perfectas en todo momento, siempre que ese anhelo por la excelencia no sea una obsesión compulsiva que las convierta en seres inflexibles y controladores. Los que somos de aquí nos damos los buenos días con una sonrisa. El resto pasa de largo con la vista clavada en el horizonte. Me cruzo con una madre y una hija que hablan mucho. Bon dia, bon dia. La joven le explica con quién quiere coincidir esa noche. La madre le sugiere que se ponga el pantalón negro y los pendientes largos. Ambas asienten, se abrazan y sonríen. De entre todas las relaciones y de entre todas las condiciones posibles, mi preferida es la maternofilial. No hay mejor lugar en el mundo que el lugar en el que están mis hijos y no hay lugar que me haga sentir más segura en el mundo que el lugar en el que está mi madre. Tengo un cordón umbilical que me une a mis ascendientes y descendientes por los siglos de los siglos. Amén.

El señor del bastón camina cinco kilómetros diarios. Va encorvado y lleva la camisa abierta, pero tiene una fuerza de voluntad admirable. Mi preferido es el hombre que me dijo que tenía 77 años más 10. Pasea un caniche que le regalaron hace poco, cuando falleció su hijo. Me contó que espera irse pronto de este mundo porque no comprende tanta crueldad, pero que, mientras tanto, cada mañana saldrá de su cama, se calzará sus deportivas y caminará hacia delante. Porque no tiene alternativa. Bon dia, bon dia.

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