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Opinión | Tribuna

Cuando el sol vuelve

Quizá el eclipse más importante no es el que ocurre sobre nuestras cabezas, sino aquel que, a veces, tiene lugar en nuestro interior

Puig de Randa y el eclipse de sol.

Puig de Randa y el eclipse de sol. / Manu Mielniezuk

En estos días, miles de personas se han preparado para contemplar un eclipse, organizando viajes y buscando el mejor lugar para ver cómo el sol desaparece por unos instantes. Es un espectáculo que despierta admiración porque nos recuerda que aún hay cosas capaces de detener el ritmo frenético de nuestra vida y hacernos levantar la mirada al cielo. Sin embargo, quizá el eclipse más importante no es el que ocurre sobre nuestras cabezas, sino aquel que, a veces, tiene lugar en nuestro interior.

Vivimos en una época donde el brillo parece un objetivo: brillar en las redes, destacar profesionalmente, acumular seguidores, proyectar una imagen impecable. Desde temprano aprendemos a medir el valor por visibilidad, más que por profundidad. Pero brillo y luz no son lo mismo. El brillo atrae atención hacia uno mismo; la luz, en cambio, permite que otros vean. El brillo busca ser admirado; la luz permite que otros encuentren el camino. Mientras uno gira en torno al protagonismo, la otra se manifiesta en el servicio silencioso. Quizá por eso, las personas que más han transformado el mundo no siempre fueron las más famosas. Muchas vivieron lejos de los focos, dedicadas a aliviar, a educar, a consolar, a escuchar, a sembrar esperanza. Su influencia no procedía de la necesidad de ser reconocidas, sino de la autenticidad con la que vivían.

Hay una hermosa imagen espiritual que compara el corazón humano con un espejo. Cuando ese espejo está limpio refleja la luz con claridad; pero cuando se cubre de polvo, no deja de ser espejo, solo refleja con menor intensidad. Con nosotros sucede igual: el ego, el orgullo, la vanidad o la constante necesidad de aprobación pueden ir cubriendo poco a poco ese espejo interior. No destruyen nuestra capacidad de amar o hacer el bien, pero sí la oscurecen. Por el contrario, cada acto de humildad, de generosidad, de honestidad, de paciencia o de compasión limpia un poco más ese espejo. Entonces, la luz vuelve a manifestarse, no para impresionar, sino para inspirar, consolar y transformar. Quizá por eso valdría la pena cambiar algunas preguntas. En vez de preguntarnos cuánto destacamos, preguntarnos cuánto bien hacemos. En vez de medir nuestra importancia por cuántos nos conocen, medirla por cuántos corazones hemos ayudado a aliviar. Y en vez de preocuparnos tanto por la imagen que proyectamos, ocuparnos de la realidad que vivimos. Hay, además, una diferencia esencial entre iluminar y deslumbrar. Quien ilumina ayuda a que otros descubran su propia belleza y dignidad.

La verdadera luz no eclipsa a nadie; acompaña, despierta. Quizá esa sea una de las grandes tareas de nuestro tiempo. Menos competencia por sobresalir, más deseo de servir. Menos preocupación por aparentar, más esfuerzo por cultivar virtudes que hagan grande a una persona. Cuando pase el eclipse, el sol volverá a aparecer con la misma fuerza de siempre. En realidad, nunca dejó de brillar, solo quedó oculto durante unos instantes. También nosotros atravesamos momentos en que las dificultades, las pérdidas, el miedo o el desánimo parecen cubrir nuestra luz interior. Pero esa luz no desaparece. Permanece, esperando a que volvamos a orientar el corazón hacia aquello que da sentido. Quizá el mayor aprendizaje no consista en intentar brillar más, sino en convertirnos en personas cuya presencia permita que otros encuentren un poco más de esperanza, de paz y de confianza. Porque, al final, el brillo impresiona por un momento, pero la luz permanece, mucho después de que quienes la llevaron ya no estén presentes.

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