Opinión | En aquel tiempo
Donde le duele a España
Uno recuerda aquellos abrazos entre los dos Reyes, que se llamaban primos y se besaban con fervor. Todo esto ha pasado

Donde le duele a España
La situación política española deja mucho que desear, pero parece que nos estamos acostumbrando a un bipartidismo agresivo, con algunos tintes ambiguos de nacionalismos regionales. El Parlamento es una cueva de grillos, perdida la esperanza de que nuestros representantes lleguen a algún tipo de acuerdo en beneficio de todos. Y sin embargo, aunque parezca mentira, es nuestra política exterior la nota discordante, sobre todo de cara a nuestros amigos y enemigos exteriores, que exigen, y con razón, mayor claridad y transparencia en nuestros movimientos. Es evidente que el ministro Albares no es un genio por razones varias, pero algo tendría que hacer nuestro renqueante Presidente para dejar de ser el farolillo rojo de una UE necesitada de transparencia. Pues bien, de nuevo en estas estamos, cuando por enésima vez, nuestro querido amigo marroquí nos toca las narices en esa zona tan delicada como son Ceuta y Melilla. Sobre todo, la primera. Y no tenemos soluciones maravillosas de cara al presente y no menos al futuro. Pensar lo contrario es una triste ingenuidad.
Marruecos es una de esas zonas calientes del planeta, como puerta inmediata Europea para penetrar en el continente africano. Sabedores del apoyo norteamericano en todos los órdenes por idénticas razones. Y la UE no quiere, en absoluto, malquistarse con un país al que necesita cercano ante posibles eventualidades. Pero resulta que la frontera de Europa con África es marroquí, que a su vez es frontera con España. Por lo tanto, nuestra actitud con Marruecos es observada por nuestros socios europeos de la mañana a la noche. Y para nosotros, se trata de un lugar donde aparecen dos ciudades de tamaño medio pero con gran tradición española, esas Ceuta y Melilla contradicciones políticas, económicas, y sobre todo, históricas evidentes. A Marruecos nunca le ha hecho gracia esta situación, y cada vez que tiene ocasión, provoca tensiones radicales en esa frontera, mar por en medio, lo que complejiza todavía más las cosas. Es lo que acaba de suceder de forma especialmente llamativa con la llegada de marroquíes sin número, evidentemente urgidos desde las autoridades del país. Lo sabemos todos, pero nos da miedo plantear la cuestión con toda claridad.
Es de notar que el Gobierno marroquí para nada se muestra concernido, cuando puede coma si se lo propone, revisar la marea humana que ha lanzado hacia nuestras costas. Y en España intenta reaccionar con seriedad pero sin cargar las tintas, no fuere que Hassan se sienta molesto y abunde en la estrategia de la presión inmigrante. Por lo tanto, solamente nos cabe contener la invasión, organizar moderadamente el retorno de quienes sabían puesto el pie en tierra española, y mientras tanto, negociar con Marruecos lo mejor para el futuro. Un futuro oscuro en la medida en que invasiones como la última seguirán repitiéndose cada vez con mayor asiduidad y mejores modos estratégicos. No hay vuelta de hoja en que tal es el futuro que nos espera al respecto, puesto que de momento, España para nada piensa en la posibilidad de regalar Ceuta y Melilla a los marroquíes. Y el mismo Rey Felipe se ha manifestado de forma abrupta al respecto: nada de nada pensar en algún tipo de donación. Pocas veces nuestro monarca se ha definido con tanta rapidez y determinación. Lo que a Pedro Sánchez le ha supuesto una bocanada de aire muy fresco.
Cuando escribo estas líneas, todavía no está resuelta la invasión de forma absoluta, y nos preguntamos hasta qué punto permanecerán invasores en la ciudad, más o menos escondidos. Es de esperar que todo vuelva a su cauce… hasta la próxima. Entre tanto, se hace absolutamente necesario negociar lo negociable, sabiendo que no podemos permitirnos crear un conflicto «de hecho» más allá del control de esas injerencias y las consabidas acusaciones en sedes internacionales… si es que se dan. Porque podría ser que unos y otros prefieran «dejarlo estar», hasta que de nuevo se produzca una situación semejante. Pidiéndole a Dios que un día no se nos vaya la mano y entonces ellos y nosotros tendremos que preguntarnos con urgencia el modo de resolver el problema de forma rápida y taxativa. Recurriendo a intermediaciones internacionales, como es de pura lógica.
Uno recuerda aquellos abrazos entre los dos Reyes, que se llamaban primos y se besaban con fervor. Todo esto ha pasado. Y lo que hay en el tablero es evidente: una España que no puede ceder Ceuta y Melilla por las buenas, y un Marruecos que para crear «sensación de unidad popular» se verá obligado a repetir la intentona. Nos esperan, al respecto, días difíciles y de muy difícil solución. Una lástima para todos, porque asuntos así, además, nos golpean el corazón. Así nos duele España.
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