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Opinión | El trasluz

Si nos dan a elegir

Existen millonarios del caso: políticos, actores, futbolistas, celebridades que reciben cantidades industriales de caso y que, sin embargo, necesitan cada día más

Caso.

Caso.

Aunque nadie sabe exactamente lo que hace cuando hace caso, lo que la gente necesita, sobre todo, es que le hagan caso. Hacemos una mesa, hacemos la comida, hacemos una llamada, hacemos el amor, hacemos tiempo, qué sé yo las cosas que podemos hacer. Pero ¿qué hacemos cuando hacemos caso? ¿De qué materia está hecho el caso? Ni idea, pero dependemos de él. Podemos llevar encima durante años el caso que nos hizo una profesora en el colegio, cuando todos los demás nos consideraban idiotas. O el que no nos hizo nuestro padre aquella tarde en que llegamos a casa con un dibujo y estuvimos diez minutos esperando a que levantara los ojos del periódico. Un caso, si atendemos a lo que dice el diccionario, viene a ser una rareza. Un caso clínico, un caso policial, un caso de corrupción, un caso urgente, un caso histórico, un caso insólito, etcétera. También hay casos perdidos, que son aquellos a los que quizá se les ha hecho demasiado caso. O demasiado poco, nunca se sabe.

-Este hijo es un caso -dicen algunos padres con gesto enigmático.

Los niños consumen mucho caso. Mamá, mira. Papá, mira. Mira cómo salto. Mira cómo me tiro de cabeza. Mira cómo leo, cómo berreo, cómo conduzco la bici sin manos. No necesitan realmente que los miremos, sino que fabriquemos para ellos esa sustancia misteriosa llamada caso. Un niño al que hacen caso pesa más que uno al que no. Con los años aprendemos a solicitarlo de formas menos explícitas. En lugar de decir “mírame”, publicamos un libro. En lugar de gritar “hazme caso”, nos enamoramos. A veces enfermamos. No digo que enfermemos para que nos hagan caso, pero resulta impresionante la cantidad de caso que se concentra alrededor de una cama. O sea, que a lo mejor sí, a lo mejor enfermamos para eso, para que nos hagan caso.

Existen millonarios del caso. Políticos, actores, futbolistas, celebridades que reciben cantidades industriales de caso y que, sin embargo, necesitan cada día más. Con el caso ocurre lo mismo que con los ansiolíticos: que producen tolerancia y adicción. Se necesitan cada vez dosis más altas para obtener el mismo efecto. Si se pudiera elegir entre el amor y el caso, la mayoría de la gente elegiría el caso.

Fuente: La Nueva España

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