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Opinión | Pensamientos

Toros en Palma

Entre la memoria taurina y la incomodidad moral, una tarde en el Coliseo Balear refleja las contradicciones de la fiesta y de una España polarizada

Una corrida de toros en El Coliseo Balear

Una corrida de toros en El Coliseo Balear / Manu Mielniezuk

Es muy pesado tener siempre que pronunciarse a favor o en contra de algo, una tiranía que la actual polarización en España nos impone. Hoy toca pronunciarse sobre las corridas de toros, un asunto controvertido como el que más.

Confieso que en esta materia soy tímido. Me gustaría acogerme al socorrido «no sabe no contesta» o a esa postura intermedia de las encuestas, cuando te preguntan, del 0 al 10, «si está usted fuertemente a favor o en contra de algo».

Tengo un pasado claramente taurino. Mi padre era uno de los veterinarios de la plaza de toros de Pamplona y en la feria de San Fermín solía llevar a algunos de sus hijos a los festejos. Así que, desde niño, viví aquel espectáculo y presencié faenas de mitos como El Cordobés, El Viti, Paco Camino, Diego Puerta, Antoñete…

En aquellos lejanos años no me preocupaba el sufrimiento del toro, aunque sí padecía si se producía alguna cogida de maestros o subalternos. Recuerdo un cierto malestar cuando al animal no se le mataba inmediatamente, cuando se producía una larga agonía, fruto de la impericia, o el miedo, de los espadas. El público pamplonés, siempre imbuido en el jolgorio y estimulado por el alcohol, solía pitar fuertemente aquellas escenas finales que nunca acababan. Inocente, yo atribuía las múltiples estocadas y los fallidos descabellos a una simple torpeza profesional.

Hoy en día, cuando presenció alguna corrida por televisión, no puedo abstraerme de que el protagonista involuntario es un hermoso ser vivo, criado con mimo, perteneciente a una raza superior y sintiente. No obstante, entiendo la poderosa atracción de las faenas bien enfocadas y ejecutadas y el magnetismo del factor riesgo que rodea el espectáculo.

Los comentaristas y críticos siempre reprochan a las reses que no se comporten como ellos desearían para facilitar las cosas a los maestros. Es algo curioso: se exige a las víctimas que cumplan un rol ajeno totalmente a su idiosincrasia animal, que embistan adecuadamente, que no se cansen, que se cuadren para la última suerte, que acometan a los picadores…

El crítico taurino del Diario de Mallorca, Jaume Soler, nos ofreció una reveladora crónica del festejo del pasado día 30 en el Coliseo Balear. Actuaron primeros espadas del escalafón actual: Morante de la Puebla, que fue empitonado en una mano al entrar a matar; Sebastián Castellá y Diego Ventura.

Las fotos reflejaban un coso lleno de público, aunque no se dio información sobre la entrada.

Algunos de los espectadores (se supone que de derechas) abuchearon al principio al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. La reseña dice que se insultó a coro al líder socialista: no se dan más detalles. Seguro que mentaron a su madre.

Otro dato llamativo es que decenas de antitaurinos protestaron en las puertas del Coliseo Balear. Uno de los manifestantes, paradójicamente, se disfrazó de torero y se presentó como si fuera un reo, a punto de ser ajusticiado. Otros compañeros portaron camisetas verdes y máscaras de unas simpáticas vacas. No se habla de incidente alguno entre defensores y detractores de la tauromaquia.

Antaño la plaza de toros de Ciutat acogía algunas corridas amañadas para turistas. La reseña no menciona si entre el aforo había muchos, o pocos, visitantes.

Otro dato llamativo es que «el público, en ocasiones, perdió la compostura en la plaza», pero no se ofrecen más detalles de esa actitud. Los puristas de este mundillo contemplan las tardes de toros como una liturgia sagrada, canon que choca con los espectadores palmesanos.

Por último, hay una escueta referencia a la tradicional treta de traer animales de poco trapío para las grandes figuras, algo antiguo como la vida misma.

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