Opinión
El Erasmus de los séniors
Las universidades abren la puerta a un colectivo creciente que hasta no hace mucho quedaba fuera de su radar: los mayores de 50 o 55 años

Un grupo de estudiantes muestra la bandera de Europa en un encuentro de Erasmus+ / Europa Press
«Voy a Bolonia una semana con un grupo de la universidad». Quien habla no tiene 20 años. Tiene 62, y es un ingeniero jubilado que se ha matriculado de Historia del Arte porque siempre había tenido curiosidad. La demografía empuja, lenta pero implacable, y cada vez hay más gente mayor con tiempo libre y ganas de llenarlo. Las universidades, atentas a esta tendencia, abren la puerta a un colectivo creciente que hasta no hace mucho quedaba fuera de su radar: los séniors, mayores de 50 o 55 años, dependiendo del programa.
Este movimiento coincide con una directriz clara de la Organización Mundial de la Salud: el envejecimiento saludable. Salud del cuerpo, de las emociones y de la mente. Aprender, y sobre todo hacerlo presencialmente, las cuida las tres a la vez. Digamos agenda-terapia: tener un lugar donde ir a una hora concreta, encontrarse con personas con intereses comunes, salir de casa con un objetivo. En Catalunya, casi todas las universidades tienen ofertas al alza por la gente mayor.
Erasmus+ ha sido uno de los grandes éxitos de la Unión Europea. Con el ciclo 2021-2027, dotado con 26.200 millones de euros, la Comisión extendió la Acción Clave 1 para que los aprendices adultos -no solo los jóvenes ni el personal docente- pudieran hacer estancias en el extranjero: cursos, aprendizaje por observación, o voluntariado. El sector de educación de adultos, donde se inscriben los programas para seniors, se lleva un 5,8% del presupuesto y en 2024 participaron más de 10.000 aprendices adultos en todo Europa.
Ahora bien, ¿funciona? Un estudio publicado este 2026 en el European Journal of Educational Research analiza 24 entrevistas a aprendices séniors de Austria, Alemania, Letonia, y Eslovenia. Los resultados son sólidos y, en algunos aspectos, sorprendentes. Los 24 participantes exhiben un buen aprendizaje intercultural y mejora en la conexión social. Diecinueve han mejorado su bienestar y las habilidades para vivir de manera autónoma, desde saber coger el metro en una ciudad extranjera hasta incorporar rutinas de ejercicio al volver a casa.
Cerca de la mitad mencionan un impulso al voluntariado y al compromiso cívico, y una mejor capacidad para comunicarse en entornos multilingües. Aun así, las estancias son cortas: la media es de 4,7 días. Es, en palabras de los autores, un ejemplo de aprendizaje transformador. Los séniors vuelven con una red social nueva, tienen más seguridad en sí mismos y, a menudo, ganas de repetir. También, en no pocos casos, revisan prejuicios: ver cómo se hacen las cosas en otro país les empuja a mirar su entorno con otros ojos y, ocasionalmente, a reafirmarse en el propio. Los efectos van más allá del individuo. Algunos participantes transfieren las buenas prácticas en su comunidad: organizan encuentros intergeneracionales en el pueblo, difunden su experiencia entre familiares y vecinos o se esfuerzan en matizar estereotipos en conversaciones cotidianas. Hacen de multiplicadores. En un contexto europeo preocupado por el populismo y la fragmentación social, no es un detalle menor.
En España hay experiencias concretas. La Universidad de Burgos articuló un proyecto para su Programa Interuniversitario de la Experiencia, con socios en Finlandia, Eslovaquia, Chipre y Portugal. Con una media de edad de 67 años y solo un 14% del alumnado con estudios universitarios previos, el programa muestra que estos instrumentos ya llegan, en la práctica, a un público amplio, a menudo formado por personas -mayoritariamente mujeres- que no pudieron estudiar de jóvenes.
Con todo, hay que ser prudente. La ampliación a los adultos ha tenido dificultades de implementación, y la Comisión recuerda que la prioridad oficial son las personas con bajo nivel formativo, no los jubilados con estudios universitarios. Habrá que velar para que el presupuesto no acabe capturado por quien ya parte con ventaja, y garantizar una mezcla equilibrada de perfiles. Dicho esto, en un continente que envejece rápidamente, aprender toda la vida deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad de salud pública y económica. La Comisión lo ha entendido: su propuesta para el próximo marco financiero eleva el presupuesto de Erasmus+ a 40.800 millones de euros. Una señal clara.
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