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Opinión | Tribuna

Emma Holm

Emma Holm

Responsable de vivienda del Moviment Sumar Illes Balears

Vivir con miedo

Cargas policiales en la manifestación contra la masificación turística el domingo en Palma-

Cargas policiales en la manifestación contra la masificación turística el domingo en Palma- / EP

Me crie en una dictadura, en Argentina. Pasé mi infancia y mi adolescencia conviviendo con un miedo que parecía normal, porque era lo único que conocíamos.

Recuerdo años de escasez, cuando faltaba comida y mis padres compraban harina y azúcar en grandes sacos para asegurarse de que no faltara lo básico.

Recuerdo que mi madre no podía figurar en la cuenta bancaria. Mi padre al viajar, le dejaba cheques firmados en blanco para afrontar los gastos cotidianos.

Recuerdo las balas por encima de nuestro techo por la noche. Vivíamos frente al Jefe de policía encargado de la represión y la guerrilla atacaba desde un monte detrás de casa. El miedo formaba parte de nuestra rutina.

Recuerdo despertar una mañana con las maletas listas para viajar, dos niñas, a casa de unas tías. Mis padres habían recibido amenazas por nuestro vecino.

Regresamos, pero la sensación de inseguridad nos acompañó durante años.

Recuerdo que en el instituto, unas monjas nos pidieron visitar una residencia de ancianos muy pobre. Mi madre nos permitió ir una sola vez. «Después no volveréis», nos dijo. Cuando preguntamos por qué, respondió: «Porque desapareceréis». Dos compañeras continuaron yendo. Un mes después, desaparecieron.

Recuerdo tener cuidado con cada palabra que decía. No sabías quién podía escucharte ni quién podía denunciarte. Aprendimos a callar, a desconfiar y a vivir en alerta permanente.

Recuerdo los controles policiales en los autobuses. Hombres armados pedían documentación a todos. Si no la tenías, te detenían durante 48 horas para verificar antecedentes. Y una vez en la comisaría, cualquier cosa podía ocurrir. No tenías derecho a avisar a tu familia.

De adulta comprendí que aquello no era vida.

Por eso, me preocupa ver cómo las sociedades olvidan con facilidad las lecciones del pasado. No digo que vaya a repetirse exactamente igual. Nunca lo hace. Pero sí sé cómo empieza.

Empieza cuando el miedo se normaliza. Empieza cuando dejamos de hablar libremente.

Empieza cuando desconfiamos de quien nos rodea.

Empieza cuando se señala y castiga a quien defiende sus derechos, mientras se protege a corruptos.

Empieza cuando la justicia deja de medir los actos y empieza a juzgar las ideas.

No quiero terminar mi vida como la empecé: con miedo.

Quiero vivir en una sociedad donde la libertad, la democracia y la dignidad humana sean principios irrenunciables.

Porque quienes hemos vivido el miedo sabemos que nunca merece la pena acostumbrarse a él.

Pero ya ha empezado:

  • Con Trump llamándonos a los antifascistas «organización terrorista».
  • Con las activistas de Sta. Maria esposadas por defender el futuro de su isla.
  • Con algunos jueces al servicio de ese poder en la sombra para desestabilizar al actual gobierno mediante causas inéditas.
  • Con la carga policial contra los manifestantes del 26J y la permisividad ante cualquier desfase que provenga del sector turístico.

Seguro que a ustedes se les ocurren muchas más.

A quienes no tenemos nada que perder solo nos resta una acción: ser valientes para frenarlo. Ser valientes para hablar.

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