Opinión | Escrito sin red
Nos han invadido y nadie sabe quién ha sido
Lo expresó claramente el presidente del Gobierno, tras la entrada de 72.000 inmigrantes a Ceuta por el Tarajal, frontera de España con Marruecos: «Ha sido un ataque y una violación de la integridad territorial española dirigida por las mafias». Agradeció la colaboración del gobierno de Marruecos. La turbamulta de la entrada arroja la fatídica y provisional suma de un centenar de muertos, ochenta en territorio español y veinte en suelo marroquí. Murieron ahogados y pisoteados en el paroxismo de la invasión. Al día siguiente, otra marcha en sentido contrario evacuó a 70.000 de los entrantes. La reacción de nuestros gobernantes ha sido ejemplar. Frente a las primeras críticas acusándoles de imprevisión criminal, el ministro Marlaska, un dilecto adorador de la verdad como es de todos mérito reconocido, dijo que ningún aviso se había recibido de lo que se avecinaba (72.000 invasores) por los servicios de información (aludiendo al CNI); aunque recordando sus aseveraciones respecto a la inexistencia de reuniones de la directora de la Guardia Civil con Leire Díez, las justificó posteriormente, con toda la barba, que no habían sido reuniones sino tres cafés, lo ponemos en solfa. Reiteró este ministro carbonizado por la verdad su agradecimiento al gobierno marroquí: «Marruecos no es una amenaza, sino un socio fiable». Todavía resuenan las carcajadas. Con expresión cariacontecida e indisimulada indignación compareció la ministra Robles, a la que Sánchez llama cariñosamente «pájara» en la intimidad, para proferir encendidos elogios al CNI, organismo que nadie había señalado como culpable, y dirigir al gobierno de Mohamed VI agradecimiento por la colaboración y un ruego vehemente de que proceda a castigar a los culpables. La respuesta más rápida y eficaz del Gobierno español fue la de destituir a la funcionaria jefa de prensa del Departamento de Seguridad Nacional de presidencia del Gobierno que, como era su obligación, hizo públicas las informaciones sobre la invasión que manejaba el ministerio de Interior.
En el mismo momento en que se producían esas declaraciones y se recontaba a los muertos, hacía su entrada en las redes sociales el excelentísimo presidente Sánchez recomendando su playlist de canciones que había disfrutado recientemente (auditorio de chicos y chicas adolescentes). Nunca nadie había sido tan oportuno, como siempre es exigible a un presidente. Uno de los resentidos impenitentes (Redondo Terreros) le había descrito con crueldad de réprobo: «Es una extraña mezcla de soberbia y banalidad, de atrevimiento y cobardía, de pusilanimidad y resistencia, de irresponsabilidad y de fanfarronería, que recordaremos como una pesadilla». No, no lo recordaremos porque siempre estará presente, al dicho revolucionario de «¡socialismo o muerte!». Pero sí es verdad que Sánchez siempre sorprende… Al día siguiente, con 2.000 invasores según el Gobierno y entre 3.000 y 5.000 de las autoridades ceutíes permaneciendo en la ciudad, de los que unos 800 son menores no acompañados que no pueden ser devueltos y unos 1.000 subsaharianos que tampoco, lo que anuncia bronca con las comunidades autónomas y preocupación en Europa, Sánchez se va de vacaciones de cuatro semanas en La Mareta, en Lanzarote, ¡con todos los dídimos! A la mujer de Pujol le decían los nacionalistas «Això és una dona!» cuando abominaba de los charnegos. «Das ist ein Mann!» vino a decir Bild al dar a luz la gran noticia de que, tras la invasión y la seguridad de Ceuta otorgada a la Legión, el presidente tomaba sus vacaciones: «España se hunde en el caos y Sánchez se va de vacaciones». Son unos miserables, una gentuza, esos odiadores de España y de la solidaridad humana que se ciscan en un hombre que, en aquellas horas, ni había comido ni bebido ni dormido y se dirigía a La Mareta, no para descansar, sino a otear el horizonte oriental en busca de nuevas oleadas invasoras. No es asueto, es gobernar España, grábenselo en la mollera. El martes Marlaska volvía a la carga: «Esas cosas, la invasión y el retorno, son cosas que a veces suceden, y no lo hacen por desidia de nadie, simplemente suceden y no es responsabilidad de nadie». ¡Qué gran ministro! Tenemos un Gobierno que no nos merecemos; somos unos ingratos.
Existe la tentación de pensar, uno no puede sino hacer suya la sentencia de no sé quién, quizá Wilde, de que «lo resisto todo, menos las tentaciones» que todo lo que ha pasado, pasa y pasará en Ceuta estaba prefigurado en la novela El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. «Es la historia del oficial Giovanni Drogo, destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que pende una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente, se halla cargada de resonancias que la conectan con algunos de los más hondos problemas de la existencia: la seguridad como valor contrapuesto a la libertad, la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales de realización, la frustración de las expectativas de hechos excepcionales que cambien el sentido de la existencia». Podríamos haberlo descrito todo de mejor forma, haber desmenuzado lo ocurrido con la casuística de un entomólogo, pero para ello se necesita la precisión de un artista como Franz Kafka que, escalpelo en mano, disecciona la realidad en sus términos más recónditos. 72.000 vinieron, 70.000 se fueron. Vino una marabunta amenazante, desapareció como por ensalmo; nadie sabe qué brujo ha maquinado el sortilegio, ni con qué intenciones, pero ya se está anunciando otro embrujo dentro de unos días. Lo de las mafias es el trampantojo con el que se refugian los truhanes que nos gobiernan. Lo ocurrido es el estrambote de un tiempo y un partido que en palabras de Alfonso Guerra «está en manos de bandidos y macarras». Resumimos, enfrentamiento dentro de un Gobierno presidido por un desalmado que por su estrategia política nos hunde en una calamidad tras otra, nos deja sin el resuello de ciudadanos seguros y libres. Frente a las preguntas de qué ha pasado, por qué ha pasado, quién o quiénes son los responsables, Kafka responde: «Acechante, ansiosa, esperanzada, la respuesta se acerca con sigilo a la pregunta, busca desesperada en su rostro inaccesible, la sigue hasta el sin sentido, es decir, por caminos que se alejan lo más posible de la respuesta».
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