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Opinión | Tribuna

Fin del mito de la superioridad moral de la izquierda

Los casos de corrupción, la falta de controles y el cierre de filas de los partidos alimentan la desafección y erosionan la confianza ciudadana en la política

La directora general de la Guardia Civil, Mercedes González.

La directora general de la Guardia Civil, Mercedes González. / EP

El clima que vivimos en cuanto al uso del poder relacionado con la corrupción que hacen unos poquísimos políticos está llevando a la desafección política y a la pérdida de credibilidad de los ciudadanos.

La izquierda ha hecho bandera de que el progresismo lleva implícito una ética en el manejo del poder público, pero todo ello se ha caído como un castillo de naipes.

En la situación actual, la perplejidad nos lleva a seguir diferentes tipos de casos: unos en fase de instrucción, otros pendientes de juicio, los siguientes a la espera de la sentencia, y por último los recientemente cerrados y con fallos condenatorios.

Los ciudadanos, en general, nos sentimos decepcionados, con las pocas medidas que toman el Gobierno y los partidos políticos para erradicar estas prácticas.

El debate se lleva al clásico «tú más», que es la defensa más pobre y decepcionante. Ningún abogado, al defender a un presunto asesino, recurriría al argumento de explicar que su patrocinado ha cometido menos asesinatos que otros, esto no exonera de su responsabilidad penal.

Es necesario analizar y explicar cada caso, asumiendo las responsabilidades correspondientes, y tomando medidas preventivas para que no ocurran más.

El defender que se toman medidas cuando se descubre a un corrupto, al expulsarlo del partido inmediatamente o manteniéndolo en el cargo porque el partido cree que es inocente, no es suficiente en el primer caso, y no es admisible en el segundo, como se comprobó en el proceso del fiscal general.

El sistema actual de partidos políticos, con liderazgos tan fuertes, especialmente cuando están en el gobierno, no permite apenas la discrepancia interna o la aportación positiva de nuevos proyectos para eliminar deficiencias o aportar mejoras.

Hasta en la América de Trump hay senadores que a veces votan en contra de las directrices del presidente. Y en el Reino Unido pasa lo mismo, los diputados tienen opinión propia y hacen caer al primer ministro de su propio partido, y así ha pasado tanto en el partido conservador como en el laborista.

En España, los partidos controlan unas listas cerradas y, como decía Alfonso Guerra, «el que se mueve no sale en la foto».

Los cargos públicos, antes de ser nombrados, deberían pasar por unos controles previos de preparación e idoneidad. Por ejemplo, para ser consejero de una entidad financiera, aunque sea de dimensión reducida, el Banco de España, antes de dar el visto bueno, exige un test de conocimientos. Mientras que en España un ministro nombra asesor a quien quiere sin que demuestre su valía para ello, e igual ocurre con los consejeros de las empresas públicas, como ha sucedido en el caso más conocido: el de Koldo García nombrado por el ministro Ábalos. Posiblemente, si se hubiera aplicado esta propuesta de control previo a Koldo, la corrupción en el Ministerio de Transportes del Gobierno de Sánchez no hubiera sido la misma.

Otro caso que llama la atención es el de Mercedes González, directora de la Guardia Civil, una licenciada en periodismo cuya defensa, ante las graves imputaciones del juez de la audiencia de nacional, es: Quedar en un bar para que no haya registro oficial de la entrevista y verse a solas con una persona no es reunirse con ella, es tomar un café.

Ella misma se declara víctima de una conspiración, si es víctima de ello ¿por qué no lo denuncia ante el juez o la misma Guardia Civil?

Y por último declara que, si la «fontanera» hubiera sido enviada por Santos Cerdán, no la habría recibido. ¿Qué sabía entonces del secretario de organización de su partido para no atender a una persona que este enviara? Solo se entiende si conocía actuaciones incorrectas del mismo y no las denunció.

Y para acabar con el mito de la superioridad moral de la izquierda, tenemos el «teórico» referente socialista en estos últimos años, Rodríguez Zapatero, que dejando aparte los temas presuntos, y centrándonos en la realidad de las joyas y las declaraciones del presidente Sánchez, que las sitúan como un regalo en su época de presidente del gobierno pero se las queda en su caja fuerte, demuestra que en aquellos tiempos su ética era de palabrería, y los que teníamos sospechas de que la venta de la fragata a Venezuela por su gobierno era turbia, nos reafirmamos en la teoría de su falta de ética y transparencia.

En definitiva, la superioridad moral de la izquierda fue y es un mito.

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