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Opinión

Que me llevan al huerto

Huerto urbano

Huerto urbano

Me han propuesto pasar el domingo en un huerto urbano. Y no sé cómo decir que no. Qué será lo próximo, ¿ir a construir vasijas de barro, participar en un torneo medieval?

Me han invitado a pasar el domingo en un huerto urbano. Y no sé cómo decir que no. Iba a decir que la modernidad trae estas cosas, pero trabajar en un huerto es como de la Edad Media. No sé qué será lo próximo que se les ocurra a mis amigos. Tal vez quedar a media tarde para arar, fabricar vasos de barro o participar en un torneo con lanzas y a caballo.

Uno está programado para el ocio tradicional: una barbacoa como excusa para beber cerveza, una sobremesa larga, un cine, una exposición de vez en cuando.

Le llegan a uno estas propuestas disruptivas —y las pesadillas: me veo calibrando zanahorias y comentando lo bien que arraigan los tomates— y las recibe con alborozo, pero con el alborozo de que los amigos se diviertan y pasen el domingo con el azadón y las manos llenas de tierra. El alborozo de que ellos sean felices. Qué calor.

Lo malo es que les regalen una bolsa de aguacates y yo me quede sin aguacates y ya no me incluyan en futuros planes. Ya nos dejó escrito Larra que quien quiera tener amigos ha de tener el valor de soportarlos, aunque él no soportó a nadie y se pegó un tiro a los 28 años. Yo, de momento, no voy a suicidarme, aunque me taladra la cabeza la idea de ser un soso, un dogmático o un maniático. Tal vez un aguafiestas, un ‘aguahuertos’. A las buenas costumbres las llaman manías. Respecto al verano hay que ser conservador: conservar bien frías las bebidas y conservar la sacrosanta costumbre de irse a la playa o a la piscina. A mí me quieren llevar al huerto.

Siempre se ha dicho que lo bueno es tener un amigo con barco. Yo tengo amigos con huerto. Van a transmutarse en felices labradores para evadirse de la realidad y de sus trabajos intelectuales.

No sé si la IA podrá ayudarles, aunque ya será una experta en abonos y plantaciones. Lo más cerca que he estado de la agricultura es cuando estudié las leyes de Mendel, el monje que avanzó la genética ejemplificando con guisantes. Era agustino y por eso en los colegios agustinos se empeñaban en que supiéramos todo lo que él descubrió de los cromosomas, que desde entonces se me figuran como guisantes perfectamente redondos y de un verde brillante. De marzo a mayo es la mejor época para comer guisantes frescos. El guisante lleva toda la vida peleando por ser protagonista: no quiere ceñirse a ser guarnición. Urge un monumento al primero que se le ocurrió casarlo con el jamón. Que, por cierto, si son taquitos, nos tiene dicho el gran Dani García, chef, que estos no han de ser más grandes que el guisante.

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