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Opinión | El Trasluz

El cuerpo sabe

Persona sobre fondo negro.

Persona sobre fondo negro.

Mentir no es solo hablar. Es colocar al cuerpo en la posición de decir algo que no coincide con lo que sabemos. Y ese desajuste, a veces muy profundo, deja huellas en la respiración, en la piel, en la tensión interna. Se podría pensar que el cuerpo es un aliado dócil, que basta darle con la orden para que se comporte conforme a la ficción que deseamos construir. Pero no: el cuerpo tiene memoria propia, una especie de murmullo subterráneo que se escapa por los pliegues más insignificantes. Como cuando se nos erizan los pelos de los brazos en pleno verano o sentimos frío en mitad de la tarde porque hemos negado algo tan doméstico como que ya no amamos a quien habíamos jurado querer para siempre.

La mentira se instala como un huésped torpe. Pone la silla un poco más lejos de la mesa, derrama agua sobre el mantel, deja la ventana abierta. Y nosotros, pobres anfitriones, fingimos no notarlo. Continuamos hablando como si todo encajara, mientras las piernas tiemblan bajo la mesa y el vaso tropieza con las manos. Una mentira bien construida puede tener la arquitectura de un poema, pero se sostiene como un tabique húmedo. Basta que pase un coche con música demasiado alta, basta un silencio inoportuno, para que se abra una grieta.

Se dice a veces que el mentiroso vive rodeado de espejos. Yo creo que vive dentro de uno solo, pero deformante, como los que te alargan las piernas y te encogen la cabeza en las ferias. Mira y no se reconoce. Y, sin embargo, insiste: sonríe, se coloca el peinado, acomoda la corbata de la versión falsa. No sabe que es el espejo el que lo está peinando a él.

Hay mentiras que se dicen para sobrevivir y otras para posponer el derrumbe. Algunas protegen del frío, como una manta agujereada que todavía calienta. Pero incluso esas, cuando se vuelven costumbre, acaban escociendo. El cuerpo lo sabe (observen, si no, el de Díaz Ayuso cuando miente sobre el ático). El cuerpo se arquea, suspira, pide que le devuelvan la verdad, aunque sea una verdad pequeña y duela al tacto. Porque la verdad no exige memoria ni vigilancia. Se respira sola. Y uno vuelve a habitarse plenamente, como quien regresa a casa después de haber dormido en habitaciones demasiado estrechas.

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